Los antiguos egipcios no desaparecieron, aunque por un tiempo las arenas del desierto parecieron cubrir su historia. Sus descendientes navegan por el Nilo hoy con un legado histórico impresionante que aún vive en sus colosales construcciones, sus momias y sus jeroglíficos.
Ellos simplemente evolucionaron como civilización, a través de sucesivos períodos de gloria, expansión, invasiones, vaivenes políticos y cambios climáticos. Entre tantos avatares, estas personas crearon una cultura que todavía hoy nos asombra por su esplendor y, sobre todo, por su espiritualidad y simbolismo.
Puede decirse que el antiguo Egipto es el de los faraones, cuyo dominio empezó hace unos 5000 años y terminó en el año 30 a. C. El primero fue Narmer en 3100 a. C., quien unificó el Alto y Bajo Egipto; y la última fue Cleopatra VII, tras lo cual el país se convirtió en provincia de Roma.
Sequía y confrontación: cuando el Nilo dejó de ser generoso

Los expertos dividen la historia del antiguo Egipto en varios períodos. La construcción de las grandes pirámides data del llamado Imperio o Reino Antiguo (Dinastías III–VI, c. 2686–2181 a. C.), posterior al reinado de Narmer. Este período terminó con una severa crisis política y económica, aunque la nación consiguió renacer al poco tiempo bajo nuevos faraones.
Un factor que, según el consenso de los historiadores, precipitó el declive del Reino Antiguo fueron las bajas crecidas del Nilo, el río que sustenta los cultivos en la región. Este fenómeno trajo como consecuencia una severa crisis agrícola, porque la sequía hizo que las cosechas se perdieran, y la amenaza del hambre se precipitó sobre la población.
Un gobierno fuerte pudo haber paliado las consecuencias; sin embargo, el faraón Pepi II (2278–2184 a. C.) fue incapaz de responder, debido a la creciente descentralización. Los gobernadores locales, los nomarcas, estaban más enfocados en sus propios intereses que en el bien común.
A la muerte de Pepi II, tras un reinado excepcionalmente largo (de unos 90 años, según se dice), la nación se fragmentó durante unos ciento cincuenta años, hasta que Mentuhotep II, de la Dinastía XI, originario de Tebas (Alto Egipto), logró la reunificación en 2055 a. C.
Una de las consecuencias fue que dejaron de construirse las grandes pirámides, ya que la sequía dificultó el transporte de la piedra caliza. Pero esto no fue debido únicamente al descenso del nivel del Nilo, sino a una combinación de factores prácticos, económicos e ideológicos.
Egipto es subyugado: hicsos, persas, macedonios y romanos

Tras siglos de esplendor, Egipto se volvió un objetivo codiciado. Su riqueza atrajo a poderosos imperios que, uno tras otro, dejaron su huella en el país del Nilo. A la larga, esto determinó el fin de su independencia política.
Los hicsos, provenientes del cercano Oriente, se fueron infiltrando poco a poco, alrededor del 1700–1550 a. C., hasta tomar el control del norte de Egipto por un tiempo, antes de ser expulsados. Dejaron un legado notable, como el caballo, nuevas técnicas agrícolas, el carro de guerra y el arco compuesto, que dieron inicio al Reino Nuevo hacia el 1550 a. C.
Luego llegó desde el sur el pueblo nubio, en el año 728 a. C., quienes se anexionaron formalmente Egipto. Son los conocidos faraones negros o kushitas. Los asirios vinieron después, en 671–663 a. C., y saquearon Tebas, pero se les dificultó mantener el control de tierras tan lejanas de su capital.
Más tarde, en 525 a. C., llegó el rey aqueménida Cambises, quien convirtió a Egipto en satrapía persa. No obstante, los egipcios aprovecharon la debilidad de los persas para reconquistar su país por un breve tiempo, aunque los conquistadores terminaron por volver.
Pirámides y templos grecorromanos: legado arquitectónico

Octavio, quien más tarde se convertiría en el Emperador Augusto, derrotó a Cleopatra y a su aliado y amante Marco Antonio en la batalla de Accio. Con esto, el gobierno de los faraones llegó a su fin, y Roma designó a un prefecto para gobernar.
El interés principal de Roma al conquistar Egipto era asegurar la provisión de trigo y cebada, cultivos cuya producción era garantizada por la inundación anual del Nilo. Además, los romanos se aseguraban así una importante vía de comercio con Oriente, a través del mar Rojo.
Roma siempre tuvo una política muy abierta ante las costumbres de los pueblos conquistados. No trataban de imponer las suyas, como lo demuestra el hecho de que los emperadores romanos se hacían representar como faraones, portando elaboradas coronas egipcias. Efigies de Octavio —luego llamado Augusto—, Tiberio, Nerón y otros famosos emperadores aparecen en templos ptolemaicos como los de Dendera, Edfu y Filé.
Estos templos siguieron en funcionamiento, y hasta fueron ampliados con nuevos elementos. Además, se construyeron baños y necrópolis al estilo de Roma. De esa fusión nació el Egipto grecorromano, un puente entre dos mundos que aún asombra por su impresionante belleza.
En respuesta a este intercambio de costumbres, el culto a Isis, diosa egipcia de la fertilidad, se extendió ampliamente entre las mujeres romanas, y se llegaron a construir templos en su honor no solo en la urbe, sino en Ostia, Pompeya y lugares más alejados, como Hispania y Germania. También se importaron obeliscos egipcios, que aún se pueden ver en la plaza de San Pedro y la plaza Navona de la ciudad eterna.
De los jeroglíficos a los caracteres arábigos

La escritura egipcia, de la cual los jeroglíficos son, sin duda, la parte más emblemática, pasó por un proceso fascinante de evolución. En nuestros días, se conocen por aparecer en tumbas, estelas y obeliscos. Se sabe que datan del 3200 a. C., y solo unos pocos escribas y sacerdotes llegaban a dominarlos. Eso no ha cambiado mucho, ya que, en la actualidad, solo los egiptólogos los estudian y descifran.
Su uso declinó gradualmente entre los siglos IV y V d. C., cuando el cristianismo se extendió, y luego Egipto pasó a formar parte del Imperio romano oriental o bizantino. Los jeroglíficos tenían carácter ceremonial, pero, con las sucesivas conquistas, los cultos tradicionales del antiguo Egipto fueron desplazados por las religiones monoteístas.
Además, por su complejidad, los egipcios se vieron en la necesidad de desarrollar versiones más simples. Por eso, desde el 2600 a. C., para los papiros y documentos administrativos, los escribas usaban la escritura hierática, unos jeroglíficos en cursiva. Como esta escritura tampoco era sencilla, hacia el 650 a. C. se desarrolló una versión aún más simplificada: la demótica, destinada a textos literarios y uso cotidiano general. Esta escritura perduró hasta el siglo V d. C., cuando se extinguió definitivamente.
Paralelamente, el idioma evolucionó junto a la escritura, pasando del egipcio antiguo al copto, que aún se usa en las liturgias de la Iglesia Ortodoxa Copta y está basado mayormente en el alfabeto griego. La lengua oficial del país, actualmente, es el árabe egipcio, y se escribe con caracteres arábigos.
La obsesión por la vida eterna

No se concibe el antiguo Egipto sin las momias, muestra de la fe inquebrantable de los egipcios en la eternidad. Los orígenes de la momificación se pierden en el tiempo, cuando los pobladores se dieron cuenta de que el clima excepcionalmente seco y cálido de la región preservaba piel, uñas y cabello de los cadáveres.
El hombre de Gebelein, hallado al sur de Tebas, es una de las momias naturales egipcias más antiguas, con unos 5.400 años de antigüedad. Los arqueólogos lo apodaron “Ginger”, por su cabello rojizo, pero ese color probablemente no era el original, sino el resultado de un proceso de descomposición, y no de oxidación.
Las primeras tentativas de momificación artificial datan de alrededor del 3000 a. C. y consisten en envolver el cuerpo con bandeletas de lino impregnadas en bálsamos. Este método probó no ser eficaz, porque, para evitar la descomposición, primero había que preparar el cuerpo, extrayendo las vísceras y la humedad con natrón, una mezcla de sales de sodio, abundante en la localidad de Wadi Natrun, al noroeste de El Cairo.
La técnica se perfeccionó durante el Reino Nuevo, entre aproximadamente 1550 y 1070 a. C. De esta época datan las momias más conocidas: Tutankamón, Seti I, Ramsés II, Tuthmosis III y Amenhotep III.
De las momias que albergaban las grandes pirámides no se encontró rastro; presumiblemente, fueron saqueadas y destruidas en la antigüedad. Tras el final de la era ptolemaica, la momificación continuó practicándose hasta el siglo IV d. C. Durante la época romana, se colocaba sobre el rostro de la momia un retrato muy realista del fallecido, realizado sobre una tablilla de madera.
La costumbre de momificar a los difuntos se fue perdiendo gradualmente, gracias a la influencia creciente del cristianismo y el posterior advenimiento del islam.
Siglos de arenas

En el año 391 dC., el emperador Teodosio I promulgó decretos que prohibieron los cultos paganos y ordenaron el cierre de templos en todo el Imperio romano, incluidos los de Egipto, lo que llevó al abandono progresivo de los templos egipcios y la disolución de sus sacerdocios. Posteriormente, la invasión árabe del año 641 d. C. convirtió a Egipto en un país musulmán, pero los eruditos islámicos sentían por el antiguo Egipto la misma fascinación que nosotros hoy día.
De hecho, el geógrafo Al-Idrisi escribió una extensa descripción de las pirámides en el siglo XII, demostrando que, incluso en la Edad Media, estos colosales monumentos seguían causando admiración.
La Gran Esfinge, erigida hace unos 4.500 años para el faraón Kefrén en la meseta de Giza, es una estatua colosal que representa una criatura mítica con cuerpo de león y cabeza humana. Para la época del Reino Nuevo, ya tenía cerca de mil años de antigüedad, y estaba casi toda sepultada por la arena.
La Estela de la Esfinge relata que el faraón Tutmosis IV (c. 1400–1390 a. C.), siendo todavía príncipe, se quedó dormido bajo la sombra de la estatua. En sueños se le apareció el dios Horemakhet, cuya manifestación era la propia Esfinge, quien le prometió la corona si desenterraba la estatua.
Para el momento en que los árabes se adueñaron de Egipto, las arenas habían vuelto a cubrir la Esfinge casi por completo. La llamaron “Padre del terror”, pero no hicieron esfuerzos por desenterrarla. Fue Giovanni Battista Caviglia quien comenzó a excavar la Esfinge en 1817, tras el fervor desatado por la expedición napoleónica a Egipto unos años antes.
Bonaparte y el día que Egipto renació

El interés por la civilización faraónica experimentó un resurgimiento en la era moderna, gracias a Napoleón Bonaparte. El corso, llevado por su deseo de debilitar a Gran Bretaña, y sabiendo que la clave para el acceso a Oriente era a través del mar Rojo, procuró tomar control del reino del Nilo.
Pero no fue solo eso. Aparte de su innegable interés personal por las civilizaciones de la antigüedad, Napoleón se veía a sí mismo como un nuevo Alejandro, y estaba decidido a emular a su héroe.
Para ello, realizó una gran expedición a Egipto en 1798, llevando consigo más de un centenar de expertos, quienes realizaron meticulosas observaciones. De vuelta a Europa, estos estudios fueron publicados en una obra titulada Description de l’Égypte, con 23 volúmenes y exquisitamente ilustrada. Así nació la egiptología moderna.
Uno de los hallazgos más importantes de la expedición fue la Piedra de Rosetta, que contenía una misma proclama real grabada en tres escrituras: griega, demótica y jeroglífica. Años después, en 1822, el lingüista francés Jean-François Champollion, que conocía la lengua copta, logró descifrar los jeroglíficos.
