Siendo Jesús una de las figuras más influyentes de la historia, el ambiente en el que vivió y predicó causa una gran curiosidad, tanto en creyentes como en quienes simplemente sienten fascinación por la época. ¿Cómo era realmente aquel mundo y qué tanto se parecía al nuestro?
El cine ha intentado recrearlo, ayudándonos a imaginar cómo fue. Además, muchos de los lugares que Jesús visitó aún existen y son reconocibles. Pero si queremos saber cómo era realmente la vida entonces, hay que echar un vistazo a las fuentes históricas y los hallazgos arqueológicos.
A continuación, repasaremos algunos de los aspectos más relevantes de la Palestina del siglo I, donde Jesús vivió y habló con personas reales, que valoraban el trabajo, a la familia y a su entorno, y cuyas motivaciones siguen tan vigentes ahora como lo fueron entonces.
Judea bajo Roma: vivir y trabajar en una provincia del Imperio

Jesús vino al mundo en la aldea de Belén en Judea, gobernada en ese tiempo por príncipes clientes de Roma. Esta solía introducir sus costumbres en los pueblos sometidos, sin hacer a un lado las locales, salvo que entraran en conflicto con los símbolos imperiales y el culto al emperador.
La infancia y juventud de Jesús transcurrieron en Galilea, en Nazaret, situada al norte de Judea. Aunque allí era menos probable encontrarse frente a frente con los romanos por la lejanía de los centros administrativos, el tema de los tributos impuestos por Roma pesaba incluso en lugares tan apartados como aquel.
Los romanos acostumbraban construir carreteras y ciudades donde iban. A solo 6 kilómetros de Nazaret se levantaba Séforis, una ciudad romana que fue reconstruida durante la juventud de Jesús, y que hoy en día es un sitio arqueológico bien conservado. Como buenos tekton (artesanos), cabe la posibilidad de que Jesús y su padre José hubieran trabajado allí y de esta forma se habrían familiarizado con los romanos.
Grupos religiosos y corrientes espirituales del tiempo de Jesús

En la Palestina del siglo I existían diversos grupos religiosos como los fariseos, maestros e intérpretes de la ley en las sinagogas. También estaban los saduceos, la aristocracia que controlaba el Templo y colaboraba con los romanos según su conveniencia. Caifás, el sumo sacerdote que presionó a Pilatos para que arrestaran a Jesús, era saduceo.
En el otro extremo estaban los esenios, ascetas refugiados en el desierto y los zelotes, que constituían células descontentas, decididos a liberar Judea del control romano. Estas facciones mantenían barreras sociales y religiosas, de modo que no solían socializar entre sí, aunque el debate fue inevitable.
Jesús no pertenecía a ninguno de estos grupos. Y aunque la tradición de los evangelios lo vincula con la descendencia del rey David, los siglos de exilio habían relegado a sus herederos a una condición más sencilla, dedicados a labores artesanales y agrícolas, lejos del reconocimiento público que antaño distinguía a su linaje. Esta circunstancia terminó siendo una ventaja, pues al no estar encasillado en las élites religiosas o políticas, Jesús tuvo plena libertad para superar esas barreras y dirigir su mensaje universal a todos los estratos sociales.
Estructura familiar y vida doméstica de la gente común
La familia no se limitaba a padres e hijos, sino que incluía abuelos y parientes cercanos. La dirigía el padre, pero en el hogar como tal, la madre tenía un rol predominante. La tasa de natalidad era elevada, pero también lo era la de mortalidad.
Los hombres eran agricultores y artesanos, mientras que las mujeres se ocupaban de cocinar, hilar y cuidar a los hijos. En ocasiones participaban de la elaboración del aceite y el vino. Los niños aprendían un oficio desde pequeños y acudían a la escuela de la sinagoga para conocer la ley, mientras que a las niñas eran entrenadas en los oficios del hogar.
Las casas tenían dos plantas, o bien una sola dividida en dos estancias con un ligero desnivel. La familia ocupaba el piso o nivel superior, y en el otro alojaban a sus animales domésticos, como cabras, ovejas, asnos y gallinas. No solo aseguraban así la comida, sino la calefacción en invierno. Algunos también criaban abejas, pero solo los más pudientes tenían caballos..
En general, el mobiliario era escaso, dando prioridad al almacenamiento para guardar reservas de granos y otros alimentos. Era frecuente usar la azotea para trabajar, secar productos y dormir al aire libre cuando hacía calor. Allí se disfrutaba de mayor privacidad y ventilación, ya que las casas no solían tener ventanas al exterior, sino que las estancias se abrían a un patio interno.
Comida, bebida y tradiciones culinarias del siglo I
La base de la dieta cotidiana era el trigo, con el que se hacía el pan. Además, se consumía aceite de oliva, legumbres, frutas y lácteos; la carne era un lujo poco habitual, pero su consumo era más frecuente en las familias de mejor posición social. En zonas costeras, el pescado era parte importante de la alimentación, como las famosas tilapias del mar de Galilea.
Solía prepararse un pan plano de trigo (o cebada, si eras muy pobre), semejante a un pan de pita o a una pizza, al que se cubría con aceite de oliva, queso (si había), za’atar (una mezcla de tomillo silvestre, orégano y sésamo) y, por supuesto, aceitunas picadas. Finalmente, se horneaba sobre piedras calientes o en un horno comunitario de barro conocido como tabun.
La bebida principal era el vino, generalmente rebajado con agua, y el postre consistía en frutas frescas o secas de la región, como higos, dátiles y uvas. Si había que endulzar, se empleaba la miel.
Cómo se vestían las personas

En aquella época no existía la moda tal como la entendemos hoy día. Las prendas eran utilitarias, de lana y lino las más comunes, ya que el algodón y la seda eran consideradas de lujo. La vestimenta, tanto para mujeres como para hombres, consistía en una túnica por encima de una prenda interior, y por encima un manto ajustado con un cinturón. Los flecos en el manto o tzitzit tenían una connotación religiosa y Jesús los portaba.
La gente corriente llevaba túnicas más cortas y sencillas, de colores neutros, mientras que los ricos podían usar prendas coloridas y adornadas con bordados.
Las mujeres portaban velo y joyería como signos de distinción social. La confección de las prendas —desde el hilado hasta el acabado—, así como el lavado y la reparación, constituían labores propias del ámbito femenino.
El calzado consistía en sandalias hechas de cuero curtido y adecuadas al trabajo y a la posición social. Los soldados podían llevar botas de cuero y era habitual descalzarse para comer o entrar en el templo.
La tierra que Jesús conoció: paisaje, clima y transformaciones

Durante su vida terrenal, los ojos de Jesús contemplaron un mosaico de colinas calcáreas y fértiles valles regados por las lluvias mediterráneas. Dispersas, entre campos y pastos, había aldeas y pequeñas ciudades, con sepulcros excavados en las laderas de las colinas aledañas.
Si volviera, ¿reconocería este paisaje de hace 2000 años? Sí, sin duda, al menos los lugares más emblemáticos, pero el resto le resultaría muy diferente y quizá se asombraría con la irrigación artificial y la deforestación.
Sin duda notaría que el clima se ha vuelto un poco más cálido. El mar de Galilea, escenario de tantas prédicas y conocido hoy como Lago Kineret, ha sufrido algunos episodios de descenso preocupantes. En cuanto al desierto de Judea, donde pasó un retiro antes de sus años de predicación, sigue en buena parte inalterado. Belén y Nazaret aún están en sus emplazamientos originales, aunque con casas y vías de comunicación modernizadas. Pero en sus colinas polvorientas, los ecos de las palabras de Jesús todavía resuenan, continuando tal cual él las contempló hace dos milenios.
