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    ¿Cómo imaginaban el futuro las personas de antes?

    By Camila Illarijunio 10, 2026Updated:junio 10, 2026 Edad Media No hay comentarios
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    Si hoy alguien intentara describir cómo será el mundo dentro de 500 años, probablemente asumirías que la mayoría de sus predicciones terminarán siendo erróneas. Y, sin embargo, mucho antes de que existieran los aviones, la televisión o los viajes espaciales, hubo personas que se atrevieron a imaginar lo que vendría… y algunas acertaron de formas que aún hoy cuesta explicar.

    El ser humano, desde las primeras civilizaciones, ha mostrado una inclinación constante a anticiparse a lo que vendrá: mediante augurios, supersticiones o análisis racionales. Pero algunos llevaron ese impulso tan lejos que su visión del futuro les costó la cárcel, la persecución de la Inquisición o el señalamiento público como farsantes. Y hubo incluso quienes, convencidos de haber descifrado la fecha exacta del fin del mundo, arrastraron a miles de seguidores a esperar el apocalipsis en una sola noche.

    Al mirar hoy esas viejas visiones, resulta inevitable preguntarse: ¿cómo imaginaban el futuro quienes vivieron siglos antes que nosotros? Y, sobre todo: ¿cuántos de ellos estaban más cerca de la verdad de lo que cualquiera de sus contemporáneos habría imaginado?

     

    Roger Bacon: el fraile del siglo XIII que imaginó el futuro con coches, aviones y submarinos

    En el siglo XIII, cuando los viajes se realizaban a caballo y los barcos dependían del viento o los remos, el fraile franciscano inglés Roger Bacon sorprendió a sus contemporáneos.

    En su obra Epistola de secretis operibus artis et naturae, escrita hacia 1267, describió vehículos capaces de desplazarse sin animales de tiro, embarcaciones impulsadas por mecanismos artificiales y máquinas voladoras manejadas por una sola persona. En uno de los pasajes más llamativos, incluso imaginó un artefacto tan pequeño que permitiría a un hombre “elevarse y descender” por el aire. También habló de dispositivos capaces de navegar bajo el agua. Vistas desde el presente, muchas de estas descripciones recuerdan a automóviles, aviones y submarinos que tardarían siglos en existir.

    Bacon defendía que muchos fenómenos aparentemente milagrosos podían explicarse mediante el estudio de la naturaleza y la experimentación. En una época dominada por explicaciones religiosas, imaginaba un futuro en el que el conocimiento permitiría desarrollar tecnologías extraordinarias. 

    Sus ideas resultaron tan poco convencionales que pasó años enfrentado a las autoridades de su propia orden y terminó encarcelado bajo acusaciones de difundir doctrinas peligrosas.

    Cyrano de Bergerac imaginó el futuro de los viajes espaciales: el cohete que describió en 1657

    Mucho antes de convertirse en el famoso personaje de la enorme nariz, Cyrano de Bergerac ya había imaginado una de las ideas más audaces de la historia.

    En su obra póstuma Los estados e imperios de la Luna (1657), imaginó un viaje espacial realizado mediante un artefacto impulsado por cohetes. El protagonista intenta llegar a la Luna utilizando distintos métodos, pero finalmente logra escapar de la gravedad terrestre gracias a un sistema de propulsión que muchos especialistas consideran el primer uso literario del cohete para viajes interplanetarios.

    Lo que vuelve excepcional a esta idea es que Cyrano fue uno de los primeros autores en relacionar la tecnología de los cohetes con la exploración espacial, más de dos siglos antes de que existieran los programas espaciales modernos. El escritor y divulgador Arthur C. Clarke llegó a considerarlo un pionero de la astronáutica por haber imaginado esa conexión mucho antes que cualquier científico.

    Para Cyrano, la Luna era un mundo completo por descubrir. Su relato especulaba sobre la pluralidad de los planetas, la existencia de sociedades extraterrestres y la posibilidad de que la humanidad ocupara un lugar mucho menos central en el universo de lo que se creía en su época.

     Louis-Sébastien Mercier imaginó el futuro en El año 2440: la novela que la Inquisición española quemó (1771)

    En 1771, el escritor francés Louis-Sébastien Mercier publicó una obra extraordinaria, titulada El año 2440. En lugar de situar su utopía en una isla remota o en una tierra desconocida, como era habitual en la época, la ubicó varios siglos en el futuro.

    La novela cuenta la historia de un hombre que se queda dormido en el París del siglo XVIII y despierta en una sociedad profundamente transformada. Allí encuentra hospitales eficientes, una justicia reformada y una ciudad reorganizada según ideales racionales e ilustrados. También descubre que numerosas instituciones de su tiempo han desaparecido.

    La obra se convirtió en uno de los libros más populares y polémicos de finales del siglo XVIII. Sus críticas al clero, a la monarquía y a diversos privilegios sociales provocaron problemas con la censura. La Inquisición española la denunció por considerarla impía, temeraria y blasfema. Paradójicamente, aquella visión del futuro perseguida por las autoridades terminaría anticipando muchas de las transformaciones políticas y sociales que llegarían con la modernidad.

    Cuando imaginaron el fin del mundo: el “Gran Chasco” de 1844 que dejó hasta 100.000 estadounidenses esperando el apocalipsis

    Algunas visiones del futuro se centraban en el acontecimiento más definitivo imaginable: el fin del mundo.

    Durante la primera mitad del siglo XIX, el campesino y predicador estadounidense William Miller llegó a la conclusión de que el regreso de Jesucristo era inminente. Tras años estudiando las profecías bíblicas, anunció que la Segunda Venida ocurriría entre marzo de 1843 y marzo de 1844.

    Sus cálculos convencieron a decenas de miles de seguidores, conocidos como milleritas. Cuando la primera predicción no se cumplió, algunos de sus discípulos revisaron las fechas y señalaron un nuevo momento decisivo: el 22 de octubre de 1844. Para entonces, el movimiento reunía entre 50.000 y 100.000 creyentes. Muchos vendieron propiedades, abandonaron trabajos y se prepararon para el inminente fin de los tiempos.

    La noche señalada llegó y pasó sin que ocurriera nada extraordinario. Para quienes habían depositado toda su esperanza en aquella fecha, la decepción fue devastadora. El episodio pasó a la historia como el “Gran Chasco”.

    Aunque el movimiento se fragmentó después del fracaso de la profecía, varias corrientes religiosas posteriores, entre ellas la Iglesia Adventista del Séptimo Día, surgieron a partir de aquella experiencia.

    El fraude que hizo imaginar el fin del mundo en 1881: cómo un librero de Brighton falsificó una profecía de la Madre Shipton

    Durante siglos circularon en Inglaterra historias sobre Mother Shipton, una supuesta profetisa nacida a finales del siglo XV. Se le atribuyeron predicciones sobre acontecimientos políticos, guerras y desastres futuros, aunque los primeros textos conocidos aparecieron décadas después de su muerte.

    La historia tomó un giro inesperado en el siglo XIX. En 1862, el librero Charles Hindley publicó una serie de versos que presentó como antiguas profecías de Mother Shipton. Entre ellas figuraba una predicción especialmente inquietante: el mundo terminaría en 1881.

    La profecía se difundió rápidamente y provocó preocupación en distintas regiones de Gran Bretaña. Hindley confesó años después haberlos inventado, pero para entonces ya circulaban ampliamente. Cuando llegó 1881, algunas personas pasaron la noche rezando o esperando el fin del mundo. Finalmente, la profecía resultó falsa.

    Albert Robida imaginó el futuro en 1883: el francés que dibujó Zoom, Netflix y la guerra química antes de que la bombilla fuera común

    En 1883, cuando la electricidad todavía estaba lejos de formar parte de la vida cotidiana de la mayoría de las personas, el escritor e ilustrador francés Albert Robida publicó Le Vingtième Siècle (El siglo XX), una obra que intentaba mostrar cómo sería el mundo del futuro.

    Las novelas que desarrolló posteriormente en ese mismo universo describen tecnologías que hoy resultan sorprendentemente familiares. Su invento más famoso era el téléphonoscope, un dispositivo capaz de transmitir imagen y sonido a distancia. Gracias a él, las familias podían reunirse virtualmente, las parejas mantenían conversaciones cara a cara desde lugares diferentes y los usuarios accedían a espectáculos desde sus hogares. Más de un siglo después, resulta difícil no pensar en Zoom, Netflix o las videollamadas modernas.

    Robida también imaginó trenes de alta velocidad que viajaban por tubos, timbres inteligentes capaces de registrar imágenes de los visitantes, taxis voladores y sistemas de transporte aéreo masivo. Al mismo tiempo, describió guerras basadas en armas biológicas y sociedades profundamente transformadas por la tecnología.

    Muchas de sus predicciones aparecieron en ilustraciones humorísticas y novelas destinadas al gran público. Mientras otros intentaban adivinar fechas para el fin del mundo, Robida se preguntaba cómo cambiarían la comunicación, el trabajo y la vida cotidiana.

    Después de todo, tanto Roger Bacon, Cyrano de Bergerac como Albert Robida no sabían si sus visiones del futuro llegarían a cumplirse. Estaban haciendo exactamente lo mismo que hacemos nosotros cuando intentamos imaginar cómo será el mundo dentro de cien o quinientos años.

    Y en ese punto resulta pertinente recordar otra obra que, siglos después, retomó esa misma inquietud: El shock del futuro, de Alvin Toffler. Allí se advierte que no solo importa predecir tecnologías, sino comprender cómo su ritmo acelerado transforma a las sociedades, desborda nuestras capacidades de adaptación y redefine la vida cotidiana.

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