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    Así fue el trágico destino de los hijos de María Antonieta de Austria, la reina guillotinada

    By Fanny Zapatamayo 27, 2026Updated:mayo 27, 2026 Contemporánea No hay comentarios
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    La frase más famosa atribuida a María Antonieta “si no tienen pan, que coman pastel”, probablemente nunca la dijo, la inventó el filósofo ilustrado, Jean‑Jacques Rousseau, cuando ella aún era una niña. Fue guillotinada el 16 de octubre de 1793 en París. A diferencia de Luis XVI, que fue llevado en carroza, ella fue transportada en una carreta abierta para humillarla públicamente frente a miles de personas.

    Pero detrás de esa ejecución pública hay una historia mucho más oscura que casi nadie conoce: la de ella y sus cuatro hijos.

    ¿Qué llevó a un médico a robar el corazón de uno de sus hijos, esconderlo en su biblioteca y desatar una odisea de 200 años que solo terminaría con una prueba de ADN?

    ¿Qué oración desesperada grabó una de sus hijas a los 16 años en las paredes de su celda para no perder la razón mientras escuchaba llorar a su hermano sin poder consolarlo?

    María Antonieta casi muere asfixiada al dar a luz a su primera hija ante 200 cortesanos

    La madrugada del 19 de diciembre de 1778, María Antonieta, reina de Francia, entró en trabajo de parto. En cuanto se conoció la noticia, su habitación se llenó de cortesanos, nobles e incluso curiosos que se habían colado en Versalles para ser testigos del nacimiento real.

    Se aglomeró tanta gente —unas doscientas personas—, que algunos tuvieron que subirse a los muebles para ver mejor el espectáculo. Las ventanas estaban completamente cerradas, pues los médicos de la época creían que las corrientes de aire eran perjudiciales y, por si fuera poco, aquel invierno era excepcionalmente crudo.

    El calor y la falta de oxígeno hicieron que la exhausta reina empezara a asfixiarse. El rey, alertado por los médicos, se abrió paso a empellones entre la multitud y forzó las ventanas para que entrara aire fresco. A pesar del susto, todo salió bien y la familia real dio la bienvenida a su primera hija, a la que bautizaron María Teresa, en honor a su abuela materna.

    María Antonieta nunca olvidaría la terrible experiencia, y el rey decidió que, a partir de entonces, los futuros nacimientos reales serían privados.

    La muerte del primer Delfín Luis José a los siete años, ignorada por una Francia al borde de la Revolución

    El 22 de octubre de 1781 nació el segundo hijo de María Antonieta, al que llamaron Luis José. Durante sus primeros años fue un chiquillo vivaz e inteligente, pero a los cinco años comenzó a sufrir de fiebres y su columna se deformó.

    El niño padecía el mal de Pott, una afección causada por la bacteria de la tuberculosis, aunque los médicos lo desconocían. Para corregir su postura, lo sangraron y lo obligaron a usar corsés de hierro, ocasionándole dolorosas llagas.

    Durante mucho tiempo se creyó que el ama de cría del Delfin, madame Poitrine, fue quien le contagió la enfermedad. Hoy día se sabe que la tuberculosis se transmite principalmente por vía aérea.

    A principios de 1789 la salud de Luis José se deterioró tanto que ya no podía caminar. Falleció el 4 de junio de 1789, a la edad de siete años y medio, un mes antes de la Toma de la Bastilla, y fue enterrado en Saint-Denis. María Antonieta siempre se lamentó de que el pueblo no se condoliera de su pérdida.

    Más tarde, en 1793, una turba asaltó la basílica y sacó los restos de reyes y príncipes para arrojarlos a una fosa común. Entre ellos estaban los de Luis José. Hoy se les recuerda a todos con una placa conmemorativa en la cripta de la basílica, ordenada en 1817 por Luis XVIII, hermano de Luis XVI.

    La pequeña Sofía Elena Beatriz, borrada del famoso retrato de Vigée-Le Brun tras morir a los 11 meses

     Sofía Elena Beatriz o Madame Sophie, fue la menor de los hijos de María Antonieta. Vino al mundo el 9 de julio de 1786 y apenas vivió once meses, pues su salud era muy frágil.

    Cuando aún vivía, la reina comentaba en sus cartas lo preocupada que estaba porque la niña no ganaba peso y respiraba con dificultad. Tras su muerte, como era costumbre, se le realizó una autopsia, la cual determinó que sus pulmones estaban muy dañados.

    Antes del nacimiento de Sophie, en 1785, Élisabeth Vigée Le Brun, pintora de la corte, recibió el encargo de retratar a la reina y sus hijos, con la intención de mostrar al público que la reina era una madre exitosa de una familia numerosa.

    Comenzó a trabajar en la composición en 1786, el año del nacimiento de la princesa, y estaba listo cuando Sophie falleció.

    Entonces, Vigée Le Brun optó por dejar la cuna de Sophie y cubrirla con un velo negro. El pequeño Luis José, quien más tarde fallecería de tuberculosis, es quien aparece en el cuadro levantando el velo, como una premonición de su propio fallecimiento.

    Se dice que María Antonieta no soportaba ver el retrato y ordenó que lo ocultaran en Versalles.

    Luis Carlos, torturado a los ocho años hasta firmar acusaciones de abuso contra su propia madre

    La historia de Luis Carlos, nacido el 27 de marzo de 1785 es quizás una de las más oscuras de Francia. Fue un niño encantador y travieso, a quien le agradaba cultivar flores en un pequeño huerto que María Antonieta había hecho construir en Le Petit Trianon. Cada mañana, el chico le llevaba a su madre las flores que había cultivado.

    La idílica existencia terminó cuando la familia fue trasladada a la Torre del Temple el 13 de agosto de 1792, tras el asalto a las Tullerías. Sin embargo, después que su padre el rey Luis XVI fuera guillotinado, Luis Carlos se convirtió en Luis XVII y, a la vez, en una gran amenaza para la República.

    Por ello, el Comité de Salvación Pública determinó que el pequeño rey debía separarse de su familia para que aprendiera las normas republicanas. El elegido para enseñarlo fue un zapatero analfabeto llamado Antoine Simon.

    Durante el juicio a María Antonieta, el 14 de octubre de 1793, los revolucionarios decidieron forjar una acusación tan monstruosa, que el pueblo no tendría otra alternativa que aborrecerla, justificando así su ejecución. ¿Qué peor acusación sería haber cometido abuso con su propio hijo?

    Para forzar al niño a firmar un documento acusando a su madre, lo obligaron a beber grandes cantidades de alcohol y lo privaron del sueño. Luis Carlos, sin saber lo que hacía, accedió y Jacques-René Hébert, un periodista radical y autor intelectual de la difamación, la presentó ante el jurado.

    María Antonieta fue guillotinada el 16 de octubre de 1793. Pero ni Hébert ni Simon disfrutaron mucho de su éxito, pues no tardaron en perder asimismo la cabeza.

    El niño rey encerrado seis meses en una celda sellada, cubierto de llagas y rogando morir

    La reina fue ejecutada sin que sus hijos María Teresa  y Luis Carlos, aislados en el Temple, lo supieran.

    Unos meses después, en enero de 1794, la Comuna de París, a la que pertenecía el zapatero Simon, aprobó una ley que prohibía a sus miembros ocupar puestos remunerados como el de tutor, so pena de quedar excluidos. Obligado a elegir, el zapatero renunció al cargo, con el que no estaba muy satisfecho, ya que significaba en cierto modo estar tan preso en el Temple como su pupilo.

    Tras su partida, el niño rey quedó a su suerte. Una serie de vigilantes se ocupaban por turnos de hacerle llegar la comida y comprobar que seguía encerrado. Eso era todo. Su hermana María Teresa, a pocos metros, escribió en su diario: Oigo a mi hermano llorar, y no puedo ir a consolarlo.

    En julio de 1794 cayó Robespierre, líder del Comité de Salvación Pública y principal responsable de esta situación. Entonces, la Convención envió al comisario Jean-Jacques Laurent para que averiguara qué había sido de Luis Carlos. Cuando Laurent entró en la celda, lo encontró cubierto de excrementos e incapaz de hablar en medio de las ratas que pululaban por el calabozo.

    Temerosos de lo que diría la gente al conocerse el trato inhumano que le dispensaron al niño, llamaron a los médicos y buscaron comida buena para alimentarlo, pero era tarde. Luis Carlos falleció el 8 de junio de 1795.

    El corazón robado de y su odisea de 200 años hasta ser identificado por ADN

    La autopsia de Luis XVII estuvo a cargo de Philippe-Jean Pelletan y otros tres médicos más. Arriesgando su cabeza, Pelletan aprovechó un descuido, extrajo el corazón, lo envolvió en un pañuelo y lo sacó de la prisión oculto en un bolsillo. Al llegar a su casa lo preservó en alcohol y lo ocultó en su biblioteca.

    Años más tarde, el asistente del doctor Pelletan, Jean-Henri-Ferdinand Lamorier, lo robó y lo devolvió antes de morir. Entonces Pelletan intentó entregarlo a Luis XVIII, tío del niño, pero el rey se negó a recibirlo.

    Frustrado, se lo dio a guardar al arzobispo de París. Pero en julio de 1830 estalló otra revuelta, la turba saqueó el palacio arzobispal y el corazón terminó siendo rescatado por el hijo del doctor, Philippe-Gabriel Pelletan. A su muerte en 1879, la reliquia pasó a manos de un pariente y luego a la familia Borbón-Parma, quienes finalmente lo entregaron a la Basílica de Saint-Denis en la década de 1970.

    En los 2000, el historiador francés Philippe Delorme tuvo la idea de utilizar el análisis de ADN para verificar que el corazón era, en efecto, el de Luis XVII. Los genetistas compararon el ADN de la reliquia con cabellos de María Antonieta guardados en medallones. También lo compararon con el de parientes vivos en la actualidad y así lograron verificar el parentesco más allá de la duda. Al conocerse los resultados en 2004, el niño por fin tuvo un funeral de estado.

    María Teresa grabó una oración desesperada en la pared de su celda durante su confinamiento solitario

    Mientras su hermano languidecía a pocos metros, María Teresa pasó tres años de absoluta soledad en la Torre del Temple. Con apenas un par de libros para leer una y otra vez, sin noticias y sin compañía, su único consuelo era rezar.

    La edificación fue demolida por el emperador Napoleón años después, pero se sabe que ella grabó en las paredes varios mensajes, entre los que figura esta oración: “Dios mío, perdona a los que han hecho morir a mis parientes”. En sus memorias declaró que lo hizo para no perder la razón.

    Se enteró de la muerte de toda su familia en una sola conversación devastadora

    Durante meses, la princesa creyó que su madre, su hermano y su tía Isabel, hermana de Luis XVI, estaban vivos en algún lugar del Temple. De hecho, sabía que Luis Carlos estaba un piso más abajo porque durante mucho tiempo lo escuchó gritar y llorar. Luego vino el silencio.

    Mientras tanto, el primo hermano de María Teresa, el emperador austríaco Francisco II presionó para obtener su liberación. El régimen francés accedió, cansados de la mala imagen que le daba ante los demás países el hecho de tenerla prisionera. Por su parte, los austríacos tenían en su poder a varios diplomáticos y comisarios revolucionarios, así que iniciaron negociaciones.

    En agosto de 1795, el enviado del gobierno, François Hüe, le reveló la triste verdad a la princesa, aunque ella ya había comenzado a sospechar. Durante la conversación María Teresa  mostró compostura, pero luego cayó en un estado de postración del que tardó en recuperarse.

    La princesa llegó a Basilea en diciembre de 1795, donde la esperaban los emisarios de su primo el emperador para acompañarla a Viena. Acababa de cumplir 17 años.

    Napoleón la llamó “el único hombre de su familia”: María Teresa , la única superviviente

    María Teresa nunca olvidó ni perdonó, convirtiéndose en la enemiga más implacable y coherente que tuvo el gobierno francés.

    Cuando se supo que Bonaparte había regresado de la isla de Elba en 1815, el tío de María Teresa , Luis XVIII, se asustó tanto que huyó a Bélgica. Su otro tío Carlos, quien también era su suegro, intentó sin éxito organizar una resistencia y terminó escapando a su vez. Por último, su esposo y primo hermano Luis Antonio de Borbón, duque de Angulema, fue aprehendido por los bonapartistas.

    María Teresa, quien se encontraba en Burdeos, decidió enfrentar al corso asumiendo el mando militar de la ciudad y arengando a las tropas. El problema era que estas seguían siendo leales a Napoleón, aunque los habitantes fueran monárquicos.

    La duquesa no se amilanó y de pie ante las tropas, exigió lealtad. El oficial a cargo le explicó respetuosamente que les era imposible disparar a sus antiguos camaradas. En vista de eso y para evitar un inútil derramamiento de sangre, María Teresa decidió partir hacia Inglaterra en la primavera de 1815.

    Cuando se enteró de lo ocurrido, Napoleón quedó profundamente impresionado con la valentía de María Teresa  y pronunció la histórica frase:  “La duquesa de Angulema es el único hombre de su familia”.

    Tras la caída de su tío y suegro Carlos X en 1830, María Teresa abandonó Francia para no volver. No tuvo hijos y murió a los 72 años el 19 de octubre de 1851, en el castillo de Frohsdorf, en Austria.

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