La princesa Leila Pahlevi nació el 27 de marzo de 1970. Fue la cuarta y última hija del Shah de Irán, Mohammad Reza Pahlavi y su tercera esposa, la emperatriz Farah Diba. Desde los 9 años se fue de Irán y nunca más volvió. Era hermana de Reza Pahlavi, quien aún en el año 2026 quería retomar el poder en Irán.
Sufrió depresión severa, ansiedad y trastornos alimenticios durante años, agravados por el exilio y la presión mediática, la hija menor del último Shah de Irán vivió una de las grandes tragedias de la historia contemporánea. Murió a los 31 años por una sobredosis. Al repasar su vida, es imposible no sentirse conmovido.
Su país, al que amaba profundamente, se dividió entre modernización y tradición, riqueza y desigualdad, esperanza y represión. ¿Habría sido distinta su existencia si su padre hubiera escuchado a quienes clamaban por un cambio? Nunca lo sabremos, pero estos fueron los hechos.
Una princesa entre jardines y zoológicos privados: la infancia dorada en el Palacio de Niavarán

De pequeña, Leila fue una chiquilla vivaz y afectuosa. Muy apegada a su padre y amante de las antiguas tradiciones persas, la princesa creció en el complejo palaciego de Niavarán, al norte de Teherán. Disfrutó de todos los lujos imaginables, incluyendo un zoológico privado. Hoy en día, el lugar es un museo en el que aún se conservan intactos la ropa, los libros y los juguetes de Leila y sus hermanos.
El espejismo del petróleo: cuando la riqueza no alcanzó para todos

Durante su mandato, el Shah se había dedicado a modernizar y occidentalizar al país. Disponía de grandes recursos petroleros, cuyos precios se habían disparado en 1973, pero que no estaban distribuidos equitativamente. La administración era ineficiente y corrupta.
Mucha gente estaba ansiosa de adquirir bienes que el país debía importar a través de una infraestructura anticuada y una industria débil. Ante la escasez, los pocos productos que había aumentaron sus precios y se produjo una gran inflación.
Pese a la bonanza petrolera, la población en general empobreció, ya que la modernización se llevó a cabo aceleradamente y sin la participación de muchos sectores. Por si fuera poco, se generó un choque cultural.
El gobierno, que gastaba a manos llenas, impuso un control de precios para frenar la inflación. Esto, unido a una reforma agraria que buscaba la mecanización, arruinó a muchos agricultores. Tuvieron que importar alimentos y la escasa producción nacional se hundió por completo. Miles de campesinos emigraron a Teherán en busca de nuevas oportunidades y construyeron barriadas pobres en la periferia.
El colapso del imperio del Sha y la revolución islámica

En su afán de modernización, el Shah se había enemistado con los clérigos musulmanes liderados por el Ayatollah Jomeini, quien debió marchar al exilio, primero a Irak y luego a Francia. Desde París enviaba mensajes constantes que prometían justicia social y castigo para las élites corruptas, mensajes que calaron hondo entre los sectores más desfavorecidos.
En 1978, el gobierno publicó un artículo en un periódico para desacreditar a Jomeini. Un grupo de estudiantes de la ciudad de Qom se enfureció y en seguida salieron a manifestar. El ejército los dispersó a tiros y hubo varios muertos.
A los 40 días se produjo una nueva marcha en protesta por los fallecidos y el ejército masacró a más personas, causando un ciclo de violencia, hasta que en septiembre de 1978 la situación se salió de control y el Shah declaró la ley marcial. Pero la multitud no se dejó intimidar, y tampoco el ejército.
A esas alturas, mucha gente azuzada por los clérigos ya no quería diálogo, sino la caída del Shah, y la huelga petrolera agravó aún más la situación al obligarlos a pasar el invierno sin calefacción.
La Revolución Islámica la arranca de Irán a los nueve años y comienza el exilio errante

La princesa, de nueve años entonces, desconocía que su padre tenía cáncer. El Shah tomó la decisión de abandonar el país junto a su familia el 16 de enero de 1979. Con lágrimas en los ojos, tomó un puñado de tierra iraní, lo guardó y subió a su avión, que él mismo pilotó rumbo a Egipto.
El 16 de enero de 1979, cuando el Shah abandonó Irán, la multitud en Teherán estalló en júbilo. El 1 de febrero, apenas dos semanas después, el Ayatollah Jomeini regresó del exilio y encabezó el proceso que culminaría en la proclamación de la República Islámica el 1 de abril de 1979.
Más tarde, a finales de febrero de 1979, Sadegh Khalkhali, presidente de los Tribunales Revolucionarios Islámicos y apodado “el juez de la horca” por la prensa internacional, dictó una sentencia de muerte in absentia contra los miembros de la familia real.
De Egipto, pasaron sucesivamente a Marruecos, Bahamas, México, Estados Unidos (para que el Shah recibiera tratamiento), Panamá y de vuelta a Egipto, donde el monarca falleció el 27 de julio de 1980 a los 60 años. Su viuda, hijos y demás familiares en el exilio vivieron durante mucho tiempo temiendo ser víctimas de un atentado.
Greenwich y Brown en Estados Unidos: estudiar literatura mientras se desmoronaba por dentro

Tras la muerte del Shah, la familia real se instaló finalmente en Connecticut y Leila continuó sus estudios en la prestigiosa Greenwich Academy. En 1988 se matriculó en la Universidad de Brown para estudiar Literatura y permaneció allí hasta 1990. Durante esos años, Leila comenzó a sufrir episodios de depresión, anorexia y bulimia, trastornos que se intensificaron con el tiempo.
Modelo para Valentino y figura de la alta sociedad

La emperatriz Farah, célebre por su elegancia, había sido vestida durante años por la casa de alta costura Valentino, cuyo fundador, Valentino Garavani, era amigo personal de la familia. Reconociendo el potencial de Leila, invitó a la joven princesa a participar en sesiones fotográficas artísticas para su firma, aunque no se trató de un trabajo profesional en pasarela.
Anorexia, insomnio y barbitúricos: el descenso silencioso de Leila

Los trastornos alimenticios de Leila se agravaron, así como su depresión. Buscó tratamiento médico, pero nunca logró una recuperación estable y definitiva. Sufría desnutrición, depresión severa, insomnio y fatiga crónica.
La única forma de obtener algún alivio eran los barbitúricos que le permitían dormir, junto con los antidepresivos que tomaba de forma regular. Durante su estancia en Londres, logró acceder de manera no oficial a récipes que le permitieron obtener mayores cantidades de los fármacos a los que había desarrollado dependencia, entre ellos Seconal y Rohypnol.
Según se informó después, su médico, el doctor Mangad Iqbal, detectó la situación y alertó a las farmacias locales, aunque no presentó una denuncia formal, quizá debido a la posición social de su paciente.
Suite 12 del Leonard Hotel: las últimas horas de la princesa persa olvidada

A comienzos de 2001, Leila llegó a Londres, una ciudad que le encantaba y donde podía recibir atención médica sin el acoso de la prensa o el de la comunidad iraní. Más tarde, algunos amigos suyos declararon que mantenía un romance con un residente, aunque ella siempre fue extremadamente reservada con su vida personal.
Se hospedó en el Leonard, un hotel boutique de lujo, compuesto de varias mansiones georgianas unidas y en el que recibía un trato personalizado. Ocupaba una suite que costaba unas 450 libras por noche, cifra considerable para la época.
Su anorexia se agravó. Unos días antes de su fallecimiento, el personal del hotel la encontró desmayada en su habitación y la ayudó a estabilizarse. El domingo 10 de junio, tanto su madre como el doctor Iqbal se alarmaron porque Leila no respondía a las llamadas telefónicas.
En horas de la tarde, el médico finalmente se presentó en el hotel y la encontró muerta en la cama. Enseguida llamaron a Scotland Yard, quienes confirmaron que había tomado más de cinco veces la dosis letal de Seconal junto con cocaína.
El veredicto final fue muerte por sobredosis de fármacos. Apenas tenía 31 años.
Un adiós entre íconos rusos: por qué la enterraron como una Romanov

La emperatriz Farah decidió que su hija debía descansar en París. A pesar de profesar el islam, el funeral se celebró en la catedral ortodoxa rusa de la Santísima Trinidad. El motivo fue que los Pahlevi se habían acercado mucho a otras familias reales en el exilio, sobre todo a los Romanov, con quienes tenían mucho en común.
Otros miembros de la realeza europea también acudieron a mostrar sus respetos, a diferencia del funeral del Shah en 1979. En aquella ocasión, el Ayatollah Jomeini había amenazado con cortar el suministro de petróleo a cualquier país que apoyara a la monarquía, y en medio de la crisis energética de entonces, nadie se atrevió a desafiarlo. Estados Unidos, sobre todo, presionó para que no se enviaran delegaciones al funeral de Mohammed Reza, debido a la crisis de los rehenes en la embajada de EE. UU. en Teherán.
Diez años después, otro disparo: la maldición que persiguió a los Pahlevi

Diez años después, en 2011, el hermano de Leila, Ali‑Reza Pahlavi, con quien ella era muy unida, se quitó la vida de un disparo en la ciudad de Boston. Al igual que su hermana, sufría depresión severa que lo volvió incapaz de superar la muerte de ella y el peso del exilio. Pidió expresamente que lo cremaran y esparcieran sus cenizas en el mar Caspio, al norte de Irán, su única manera de volver a la patria que perdió en la infancia.
