En sus comienzos no eran mujeres; de hecho, el vocablo geisha, que significa “persona de las artes”, carece de género. Hacia la década de 1660, en los yukaku (distritos de placer), había hombres dedicados a la animación en las casas de té, conocidos como taikomochi. Estos predecesores masculinos de las geishas cantaban, tocaban instrumentos musicales, contaban historias y actuaban como maestros de ceremonia para entretener a los clientes de las cortesanas de alto rango.
Con el tiempo, fueron desplazados por las bellas y sofisticadas mujeres ataviadas con largos kimonos de seda. En la actualidad existen cerca de 1000 geishas, y son un símbolo cultural de la nación.
Con su aura de sofisticación y misterio, las geishas representan la esencia de un Japón que ha cambiado rápidamente desde la Segunda Guerra Mundial. Su mundo tradicionalmente ha sido muy cerrado, ofreciendo al exterior una imagen muy distinta a lo que ocurre puertas adentro.
Kikuya, la artista que se convirtió en la primera geisha de Japón

Alrededor del año 1750, una artista de Fukagawa llamada Kikuya fue la primera mujer en considerarse una geisha. Se cuenta que tenía una voz melodiosa; además, era una hábil intérprete del shamisen, el instrumento típico japonés de tres cuerdas que se toca con el bachi —una especie de púa—, y gozaba de gran popularidad.
Kikuya tuvo tanto éxito que muchas mujeres decidieron imitarla, y el fenómeno creció en Fukagawa y otros okabasho, los barrios no autorizados. Yoshiwara, el distrito con licencia, reaccionó regulándolas: creó una oficina de registro y prohibió expresamente que se acostaran con los clientes, para que no compitieran con sus cortesanas, lo que hoy es la ciudad de Tokio.
El número de geishas rápidamente superó al de los taikomochi, si bien estos todavía no se pueden considerar extintos. Hoy en día quedan apenas cinco o seis taikomochi en Japón, que suelen presentarse esporádicamente en algunos festivales culturales.
¿Por qué las familias japonesas vendían a sus hijas para hacerlas geishas?

Durante los siglos XVIII y XIX eran frecuentes las malas cosechas, los conflictos y las hambrunas. En ese contexto de precariedad, muchas familias, si querían una oportunidad de sobrevivir, vendían a sus hijas a muy temprana edad para que se convirtieran en geishas.
Esta práctica respondía también a una necesidad práctica: el riguroso entrenamiento comenzaba alrededor de los seis años, y las familias necesitaban el dinero de inmediato. Una vez entregadas, las niñas ingresaban en una okiya, o casa de geishas, donde recibían manutención y formación artística completas.
En ocasiones excepcionales, una geisha rica adoptaba a una niña para entrenarla personalmente, pero lo habitual era que las aprendices provinieran de familias con muy pocos recursos.
La deuda imposible que ataba a una niña a la casa de geishas

Si bien las niñas no eran esclavas, al momento de la compra se firmaba un acuerdo. Tras esto, la familia recibía la suma acordada y la niña comenzaba a acumular una deuda con la okiya, que incluía el pago a los padres, así como la comida, el vestido y las lecciones que recibía.
Se trataba de una inversión a largo plazo; una vez convertida en geisha al cabo de unos años, la joven pagaría su deuda con las ganancias que obtendría al ejercer plenamente su profesión. Sin embargo, en la práctica, la casa de geishas se aseguraba de que no les fuera sencillo obtener la libertad.
Por lo general, las niñas no volvían a tener contacto con su familia, o si lo tenían, era muy restringido. De hecho, perdían su nombre familiar y tomaban uno nuevo vinculado a su nueva “madre”, la dueña de la okiya. Era una forma de cortar completamente sus lazos con el pasado.
Puertas adentro de la okiya: la vida oculta de las aprendices de geisha

Para construir la identidad artística de la futura geisha, la vida en la okiya se regía por una estricta jerarquía. En la cúspide se encontraba la okasan o “madre”, cuya autoridad era total e indiscutible; le seguían las oneesan o hermanas mayores, geishas ya formadas que adoptaban a una recién llegada o shikomi, para enseñarla a comportarse y protegerla de la severidad de la okasan.
Las aprendices hacían las labores domésticas y atendían a las hermanas mayores. Entre sus tareas estaban limpiar, lavar los kimonos, preparar el té y atender cualquier necesidad de las geishas profesionales. Debían estar disponibles a cualquier hora del día o de la noche, aún si estaban cansadas o dormidas después de una larga jornada.
El aprendizaje por observación era muy importante; las pequeñas debían estar presentes cuando sus hermanas mayores atendían a los clientes, atentas a la conversación y a la manera de servir correctamente el sake —vino de arroz—, y aprender así las normas básicas del oficio. Los elaborados y pesados kimonos que vestían las geishas no lo hacían fácil.
Fuera de la okiya, las shikomi recibían lecciones de música, canto y danza, impartidas por maestros de ambos sexos.
De shikomi a maiko: Un rito controversial de las geishas

Una maiko es una aprendiz de geisha que ha superado la etapa de shikomi y ya empieza a ser conocida en los círculos artísticos, pues acompaña a su hermana mayor cuando esta va a trabajar a las casa de té.
La transición tenía lugar mediante una ceremonia llamada misedashi; entonces, la niña era presentada oficialmente en la casa de té y tomaba el nombre asignado. Las maiko ya podían empezar a poner en práctica sus habilidades y generar ingresos, pero cualquier error era severamente penalizado, lo cual les producía un profundo sentimiento de vergüenza —haji—, sobre todo frente a sus superiores.
El mizuage marcaba el final de la etapa de maiko, no su inicio, el cual consistía en subastar la virginidad de la joven al mejor postor, era la ceremonia de transición hacia geiko, ligada al erikae, y ocurría hacia los 17 o 18 años.
De esta manera, la okiya podía recuperar una parte de su inversión inicial al proporcionar educación a la shikomi, pero la joven no recibía un solo yen.
En muchas ocasiones, la maiko obtenía el patrocinio de un danna, un mecenas rico que podía liberarla de su deuda con la okiya, mediante el miuke. Este danna no necesariamente era el mismo que había ganado su virginidad en la subasta.
El danna cubría los gastos de la geiko, kimonos, lecciones, cuotas de la okiya, y ella continuaba trabajando y presentándose en público. Tener danna elevaba su prestigio profesional, no lo terminaba, aunque su calidad de vida podía mejorar muchísimo.
El problema surgía cuando el danna se cansaba de ella, o tomaba esposa y esta presionaba para terminar con la relación o simplemente el hombre fallecía. Una concubina carecía de derechos y podía ser expulsada sin miramientos, en cuyo caso su única alternativa era volver a la okiya o dedicarse a la prostitución, si no tenía una familia que la recibiera.
De maiko a geisha

El tiempo que duraba una joven como maiko podía variar según sus habilidades; usualmente estaba entre tres y cinco años. Cuando se consideraba que ya dominaba apropiadamente la danza, el canto, el shamisen y todo lo relacionado con el protocolo, venía la ceremonia del erikae, o cambio de cuello del kimono. Esta marcaba formalmente su ascenso a geiko, o geisha completamente formada.
Si para entonces no tenía un danna, conseguir uno le representaría estabilidad, pues de esta manera ya no tendría que acudir a diferentes casas de té a trabajar. Pero era una especie de carrera contra el tiempo, y el amor romántico rara vez tenía cabida, pues la chica debía capitalizar su belleza y el encanto de la novedad mientras pudiera.
En todo caso, su vida como geisha era tristemente paradójica: mientras trabajaba estaba rodeada de gente, delante de quienes debía mostrarse radiante, encantadora y perfecta. Pero su vida privada transcurría en soledad, mientras esperaba que un danna hiciera su aparición, y aún si eso pasaba, muchas geishas tuvieron hijos, con frecuencia de su danna, y los criaban dentro de la okiya. Las hijas solían formarse como geishas y heredar la casa como atotori.
Eventualmente, algunas geishas se casaban, solo si conseguían pagar su deuda o eran liberadas por su danna. No era un proceso fácil, ya que la okiya les ponía toda clase de trabas. Casarse con un cliente adinerado era una de las salidas más aspiracionales del oficio. Varias esposas de estadistas de la era Meiji fueron geishas, y su origen era conocido públicamente.
Unas cuantas, más hábiles a la hora de capitalizar sus ingresos, lograban ahorrar lo suficiente para retirarse y se convertían en maestras de danza o música en la misma okiya donde fueron aprendices. Su vida solía ser bastante austera, muy lejos de los clientes a los que alguna vez hicieron felices con su arte.
