Mientras el ejército romano rodeaba Jerusalén, los propios defensores quemaron las reservas de grano que habrían alimentado la ciudad durante años. No fue un error. Fue una decisión. ¿Cómo pudo un movimiento dispuesto a destruir su propia comida enfrentar al imperio más poderoso del mundo… mientras se mataba entre sí dentro de sus murallas? ¿Por qué Simón bar Giora emergió del subsuelo vestido de blanco y púrpura justo cuando Jerusalén ya había caído?
Los zelotes eran grupos judíos radicales que rechazaban el dominio romano en Judea y sostenían que solo Dios debía gobernar a su pueblo. Esa convicción los llevó a chocar con Roma, pero también con otros sectores judíos que buscaban salidas distintas. Lo que ocurrió en Jerusalén no fue una guerra: fue una cadena de episodios extremos que sostuvieron la resistencia y, a la vez, empujaron a la ciudad hacia su colapso.
Tres ejércitos zelotes se mataban entre sí dentro de Jerusalén mientras Roma rodeaba la ciudad

Uno de los errores más comunes es imaginar a los defensores de Jerusalén como un bloque unido. En realidad, la ciudad estaba dividida en al menos tres grandes facciones: los seguidores de Juan de Giscala, las fuerzas de Simón bar Giora y los zelotes liderados por Eleazar. Lejos de coordinarse, estos grupos competían entre sí por el control de la ciudad, incluso mientras el ejército romano avanzaba. Los enfrentamientos no eran menores: incluían combates dentro del propio Templo, asesinatos y disputas constantes por el poder.
Esta fragmentación debilitó desde el inicio cualquier estrategia defensiva.
Los zelotes quemaron sus propias reservas de grano que habrían alimentado la ciudad durante años

En uno de los episodios más decisivos y difíciles de comprender, las facciones rebeldes destruyeron deliberadamente las reservas que habrían permitido sostener el asedio. Flavio Josefo señala en The Jewish War (Libro V) que se incendiaron depósitos de grano capaces de alimentar la ciudad durante años, acelerando una crisis que pronto se volvió irreversible.
Algunos análisis históricos interpretan que esta decisión pudo estar ligada a una convicción religiosa. Muchos de los combatientes creían que la salvación llegaría mediante una intervención divina. Al destruir las reservas, eliminaban cualquier posibilidad de rendición basada en el hambre y, al mismo tiempo, obligaban a todos los sectores a sostener la resistencia, esperando el momento límite en el que, según su fe, Dios intervendría para salvar a la ciudad.
Las consecuencias fueron devastadoras. A medida que el asedio avanzaba, la hambruna se intensificó, se multiplicaron los saqueos y la desesperación se volvió generalizada. En ese punto, el hambre dejó de ser una consecuencia del avance romano para convertirse en una decisión tomada dentro de la propia ciudad.
Juan de Giscala masacró a sus rivales escondiendo armas bajo túnicas de peregrinos durante Pésaj

La violencia interna alcanzó niveles aún más complejos durante la festividad de Pésaj, cuando miles de peregrinos se encontraban en Jerusalén.
En una ciudad ya fragmentada entre distintas facciones, los combatientes leales a Juan de Giscala ocultaron armas (sica) bajo las túnicas y se mezclaron con la multitud. En el momento oportuno, atacaron a sus rivales dentro de la ciudad, desatando una masacre en pleno contexto religioso. La guerra se desarrollaba también como una disputa interna por el control total.
Una salida nocturna con antorchas destruyó las cuatro rampas de asedio romanas en 48 horas

En una de las acciones más audaces del asedio, los zelotes lanzaron una salida nocturna con antorchas contra las posiciones romanas y prendieron fuego a las cuatro rampas de asedio que se estaban utilizando para acercar la maquinaria pesada —torres de asedio, arietes y otras estructuras móviles— a las murallas.. En el transcurso de aproximadamente 48 horas, lograron destruirlas y obligaron a los romanos a detener su avance y reconstruir parte de su infraestructura.
La resistencia dentro de Jerusalén seguía activa y era capaz de incomodar. Pero ese no sería el último recurso al que recurrirían.
Un túnel zelote bajo la Fortaleza Antonia tragó las máquinas romanas pero condenó al Templo

En medio del avance, cuando parecía que las máquinas de asedio terminarían por abrirse paso, los zelotes recurrieron a una estrategia inesperada. Excavaron un túnel bajo las estructuras enemigas, justo en las inmediaciones de la fortaleza Antonia, uno de los puntos clave del asedio.
Durante la noche, prendieron fuego en su interior. El suelo cedió y parte de la maquinaria romana se desplomó. Por un momento, el avance se detuvo. Los atacantes, sorprendidos, vieron cómo su propio peso los traicionaba.
Aunque la victoria tuvo un costo. El colapso debilitó la estabilidad del área y comprometió las defensas cercanas al Templo. Lo que había sido una maniobra brillante terminó acelerando el deterioro del lugar que intentaban proteger.
El pórtico oeste del Templo: una columnata trampa rellena de brea que quemó vivos a los legionarios

A medida que la lucha se concentraba en el Templo, el espacio dejó de ser un refugio para convertirse en una trampa.
En una de las maniobras más calculadas, los zelotes prepararon el pórtico occidental como señuelo. Lo llenaron con materiales inflamables, como brea y madera seca y fingieron una retirada. Cuando los soldados romanos avanzaron por las escaleras y ocuparon la estructura, el fuego se desató de forma repentina. Las llamas se expandieron en segundos. Algunos legionarios intentaron retroceder, otros saltaron desde la altura, aunque muchos quedaron atrapados entre el humo, el calor y el derrumbe.
A pesar de episodios como este, el avance romano continuó. Con el paso de los días, las defensas fueron cediendo, el control de la ciudad se fragmentó por completo y Jerusalén terminó cayendo bajo dominio romano.
Simón bar Giora emergió del suelo vestido de blanco y púrpura para aterrorizar a los romanos
En ese escenario, cuando la ciudad ya estaba bajo control romano, la guerra todavía ofrecía una última escena inesperada.
Simón bar Giora, uno de los principales jefes rebeldes, apareció de forma repentina, emergiendo desde un espacio subterráneo. Vestía una túnica blanca y un manto púrpura, colores asociados al poder y la autoridad, en una aparición cargada de intención simbólica. Aún intentaba proyectar poder, incluso en esas circunstancias.
Pero la escena no cambió el resultado. Su destino ya estaba definido por el desenlace del asedio.
El Triunfo de Roma en 71 d.C.: Simón bar Giora fue arrastrado con una soga al cuello y estrangulado en el Foro ante la multitud

Un año después, Roma transformó la victoria en espectáculo.
Simón bar Giora fue llevado a la capital del Imperio y exhibido en el triunfo de Tito. Desfiló ante la multitud con una soga al cuello, como símbolo visible de la derrota de Jerusalén.
Al final del recorrido, fue conducido al Foro, donde fue ejecutado. Otros sobrevivientes corrieron destinos similares. Muchos fueron esclavizados, enviados a trabajos forzados o utilizados como gladiadores.
La guerra continuó en la forma en que Roma decidió contar su victoria.
Masada, 73-74 d.C.: los 960 sicarios de Eleazar ben Yair eligieron la muerte colectivapor sorteo antes que caer esclavos de Roma

Lejos de Jerusalén, en el desierto, la resistencia tuvo su último escenario.
Un grupo de rebeldes se refugió en Masada, una fortaleza elevada y difícil de alcanzar. Durante años resistieron el cerco romano, aislados pero decididos a no rendirse. Aun así, los romanos levantaron una gigantesca rampa de asedio, acumulando tierra y piedra contra la ladera hasta abrir un camino directo hacia la fortaleza.
Convencidos de que la captura implicaría esclavitud y humillación, decidieron morir antes que rendirse. Cuando la caída se volvió inminente, los defensores recurrieron a un sistema de sorteo para decidir quiénes llevarían a cabo la matanza. Los elegidos dieron muerte al resto y, finalmente, se mataron.
El episodio quedó como el cierre simbólico de la revuelta. Sin embargo, su interpretación sigue abierta: no todas las evidencias coinciden con ese relato.
Los zelotes resistieron por su conocimiento del terreno, por la fuerza de sus convicciones y por su capacidad de combate. Pero esa misma resistencia estuvo atravesada por diversos conflictos, decisiones que debilitaron su defensa y una falta de coordinación que terminó siendo decisiva.
Jerusalén cayó en medio de una presión constante desde afuera y de tensiones que crecían desde adentro. Es en esa trama, hecha de resistencia y fracturas, donde esta historia sigue encontrando su fuerza.
