Probablemente tu abuela usó alguno de estos productos. Quizás tus padres también. Y lo más preocupante es que algunos de ellos siguen en los supermercados, con etiquetas distintas, aunque la ciencia ya demostró lo que hacen dentro del cuerpo humano. Durante el siglo XX, millones de personas consumieron alimentos, bebidas y suplementos creyendo que mejoraban su salud, cuando en realidad estaban dañándola en silencio.
Algunos fueron prohibidos décadas después. Otros provocaron escándalos que llegaron hasta los tribunales. Y al menos uno se asocia con cientos de miles de muertes infantiles que ocurrieron en países pobres mientras una corporación europea negaba toda responsabilidad. Esta es la historia de los productos más peligrosos que alguna vez se vendieron como saludables.
1. Radithor: el agua radiactiva que le desintegró la mandíbula a un millonario

Radithor, el agua radiactiva que terminó destruyendo la mandíbula de un millonario
Entre las décadas de 1910 y 1920, en Estados Unidos se popularizó una bebida de agua destilada con pequeñas cantidades de radio —principalmente radio‑226 y radio‑228— que se promocionaba como un remedio para la fatiga, la impotencia y otros malestares. En aquel momento, los efectos de la radiactividad aún se estaban estudiando y muchos productos se presentaban como avances científicos prometedores.
Los problemas comenzaron a hacerse visibles en distintos puntos del país, y uno de los casos más conocidos fue el de Eben Byers, un millonario estadounidense que empezó a consumir Radithor por recomendación médica. A lo largo de varios años bebió cientos, e incluso más de mil botellas, lo que le provocó la pérdida de dientes y parte de la mandíbula, necrosis ósea y perforaciones en el cráneo. Murió en 1932 a causa del daño acumulado.
El caso de Byers generó un escándalo nacional y contribuyó a que las autoridades estadounidenses endurecieran la regulación de productos médicos, en especial aquellos que contenían sustancias radiactivas. Su cuerpo, de hecho, siguió emitiendo niveles detectables de radiación varias décadas después.
2. Obleas de arsénico: las pastillas victorianas para tener “cutis de porcelana” que mataban lentamente

En la época victoriana, entre el siglo XIX y principios del XX, se vendían obleas de arsénico promocionadas como artículos de belleza capaces de proporcionar un “cutis de porcelana”, una piel más clara y una textura más suave. Aunque ya se sabía que el arsénico era un veneno, se sostenía que en dosis muy pequeñas podía blanquear la piel, reducir imperfecciones y dar una apariencia más delicada.
Con el tiempo, el arsénico se acumulaba en el organismo de quienes consumían estas obleas durante períodos prolongados, y comenzaron a aparecer efectos adversos. Muchas personas desarrollaron lesiones cutáneas, caída del cabello, vómitos, dolor abdominal, daño hepático y renal, alteraciones cardíacas y distintos tipos de cáncer. En los casos más graves, la exposición continua producía una intoxicación lenta y finalmente mortal.
3. Crisco y las grasas trans: el “aceite milagroso” que causó millones de infartos

Crisco, introducido en el mercado en junio de 1911, fue una de las primeras grasas vegetales hidrogenadas que se comercializaron de forma masiva como un sustituto moderno y más saludable de la mantequilla y la manteca animal. Aunque se presentaban como un avance científico más limpio, barato y duradero, las grasas trans presentes en productos como galletas, comida rápida, frituras y alimentos ultraprocesados terminaron asociándose con efectos adversos bien documentados, entre ellos el aumento del sobrepeso y la obesidad, la reducción del colesterol HDL y el incremento del colesterol LDL, además de un mayor riesgo de padecer enfermedades cardiovasculares, infartos o accidentes cerebrovasculares.
A pesar de la evidencia acumulada durante décadas, en 2015 se determinó en Estados Unidos que este tipo de aceites no eran seguros, decisión que marcó el final de su uso generalizado.
4. El azúcar como “alimento de dieta”: la conspiración de Harvard pagada por la industria azucarera

En 1960, la entonces Sugar Research Foundation —hoy The Sugar Association— financió a investigadores de la Universidad de Harvard para que elaboraran una revisión científica sobre las enfermedades cardíacas. La revisión, publicada en 1967, afirmó que el azúcar no tenía un papel relevante en el desarrollo de estas enfermedades y sostuvo que la causa principal eran el colesterol y las grasas saturadas.
Esa conclusión favoreció que el azúcar se considerara un ingrediente aceptable en la dieta, lo que impulsó, entre las décadas de 1980 y 1990, la aparición de numerosos productos bajos en grasa pero con un contenido elevado de azúcar, como yogures, cereales y barras energéticas. Actualmente se divulga que el consumo elevado de azúcar puede favorecer el crecimiento desproporcionado de Candida albicans y que también se ha asociado a un mayor riesgo de cáncer.
En 2016 se documentó el financiamiento y el sesgo resultante, lo que confirmó que los estudios respaldados por la industria pueden producir conclusiones orientadas por intereses comerciales.
5. Levadura Fleischmann’s: la gente comía 3 pastillas crudas al día para curar el acné, el mal aliento y la depresión

Fleischmann’s fue una compañía que se hizo conocida no solo por la producción de pan, sino también por un alimento medicinal que ganó popularidad a comienzos del siglo XX. Este producto consistía en levadura cruda prensada, presentada en bloques o pastillas, que se promocionaba como un remedio para el mal aliento, el acné, el estreñimiento, la fatiga e incluso la depresión.
En la práctica, su consumo produce molestias asociadas a la ingesta de grandes cantidades de levadura cruda, como náuseas, gases e inflamación estomacal.
6. Pastillas de tenia: las mujeres victorianas tragaban parásitos vivos para adelgazar sin hacer dieta

La tenia es un gusano parásito intestinal que se volvió conocido a comienzos del siglo XX, no por su interés biológico, sino por su uso como método para bajar de peso. La propuesta consistía en ingerir pastillas que contenían huevos de tenia para que el parásito consumiera parte de los alimentos ingeridos y así facilitar la pérdida de peso. Existen registros médicos, anuncios comerciales y reportes sanitarios que documentan su uso en Estados Unidos y Europa durante las primeras décadas del siglo XX, aunque nunca llegó a ser un método extendido.
Una infección de tenia puede causar dolor abdominal, anemia, desnutrición, quistes en distintos órganos, obstrucciones intestinales y daño neurológico potencialmente mortal.
7. Margarina: el sustituto “saludable” de la mantequilla que tapaba las arterias en silencio

La margarina se desarrolló en el siglo XIX como una alternativa barata a la mantequilla. En el siglo XX comenzó a promocionarse como una opción más saludable para el corazón. Hoy se sabe que esa afirmación no era correcta, especialmente porque la margarina de esa época se fabricaba con aceites vegetales parcialmente hidrogenados, es decir, grasas trans. Tal como ocurre con el caso de Crisco, está documentado que estas grasas aumentan el riesgo cardiovascular y no pueden considerarse una opción saludable.
8. Corn Flakes de Kellogg’s: el cereal inventado en un sanatorio para “curar” la masturbación

John Harvey Kellogg, médico estadounidense, sostenía que la masturbación causaba trastornos físicos y mentales. Creía que los alimentos muy condimentados estimulaban la actividad sexual y promovía dietas simples para reducirla.
Esa hipótesis no tenía sustento científico y no existe evidencia de que una dieta blanda disminuya el deseo sexual. Aun así, a partir de esa idea y junto con su hermano Will Keith Kellogg, desarrolló los cereales que dieron origen a la empresa Kellogg’s, que más tarde se convirtió en un negocio global.
9. Fórmula infantil Nestlé: el escándalo de las “enfermeras” falsas que mató a 212 mil bebés al año

El escándalo de Nestlé ocurrió entre las décadas de 1960 y 1970, cuando la empresa promovió su fórmula infantil en países pobres mediante campañas agresivas. Enviaba vendedoras vestidas como personal sanitario para convencer a las madres de reemplazar la lactancia materna por su producto y distribuía muestras gratuitas. Al comenzar a usar la fórmula, muchas mujeres interrumpían la lactancia, y esa interrupción hacía que dejaran de producir leche materna, quedando obligadas a seguir comprando la fórmula.
En numerosos países, especialmente en África, no había acceso estable a agua potable. La preparación de la fórmula con agua contaminada provocó diarreas e infecciones graves en los bebés. Además, muchas familias diluían el producto para hacerlo rendir, lo que agravó la desnutrición. Investigaciones del National Bureau of Economic Research estiman que estas prácticas pudieron asociarse con hasta 212 000 muertes infantiles al año.
10. Lucozade: el “tónico medicinal” recetado por médicos que tenía más azúcar que la Coca-Cola

El Lucozade comenzó a comercializarse en el Reino Unido en 1927 como un medicamento destinado a “dar energía”, pensado para pacientes enfermos o en recuperación. En la práctica, era una bebida azucarada, con formulaciones que contenían cantidades de azúcar equivalentes o incluso superiores a las de la Coca-Cola. Su presentación como producto medicinal no se correspondía con su composición real.
El caso ilustra que la percepción de seguridad alimentaria depende de los estándares regulatorios de cada época. En el pasado se asumió que estos productos eran seguros, del mismo modo que hoy se confía en los sistemas de control actuales. Esa comparación obliga a considerar qué productos contemporáneos podrían estar generando riesgos que aún no han sido identificados o reconocidos.
Este tipo de reflexión se vincula directamente con la evolución de la regulación alimentaria y con los antecedentes de publicidad médica engañosa.
