Svetlana Iosifovna Alliluyeva fue la única hija del líder soviético Iósif Stalin y de su segunda esposa, Nadezhda Alliluyeva. Nació el 28 de febrero de 1926 en Moscú y murió el 22 de noviembre de 2011 en Estados Unidos, el país enemigo de su padre, al que desertó en plena Guerra Fría.
Svetlana tuvo una vida marcada desde un inicio por el control y la opresión de su padre y del sistema político que sostenía. La muerte de su madre, el dolor de perder un hermano y el paso por diversos matrimonios fallidos hacen de su vida un testimonio de cómo un sistema de gobierno autocrático afecta a todos, incluso a los hijos de sus dirigentes.
La infancia de Svetlana: la muerte de su madre y la vigilancia de Stalin

Desde su nacimiento Svetlana se volvió la hija adorada de Stalin, más aún después de que su madre se quitó la vida, suceso que ocurrió teniendo Svetlana apenas 6 años de edad. A Svetlana y su hermano Vasily les protegieron diciéndoles que la muerte de su madre había sido a causa de una enfermedad. Una verdad oculta que luego causaría el doble de dolor.
Tanto Svetlana como Vasily fueron criados por Alexandra Bychokova, una niñera con la cual mantuvo una estrecha amistad por muchos años y que la asistió de manera permanente. Pero no era la única presencia vigilante, Svetlana también era custodiada por el estricto personal de seguridad de su padre, quienes cuidaban cada uno de sus movimientos. Supervisaban hasta su ropa y comunicaban a Stalin el tipo de atuendo; si este excedía lo considerado apropiado, la niña era regañada.
Cuando Svetlana inició la escuela, estudió con otros niños sin recibir trato especial; sin embargo, el drama y el dolor que su padre causaba a su alrededor inevitablemente la rozaban. Un día, un pequeño compañero le entregó una carta rogándole que se la hiciera llegar a su padre. El documento, escrito por la madre del niño, suplicaba a Stalin la liberación de su esposo. Stalin reaccionó con severidad ante Svetlana, pues aceptar documentos sin los debidos filtros de seguridad implicaba un riesgo inaceptable de contaminación o envenenamiento. Aunque finalmente liberó al hombre, la dura reprimenda que la niña recibió le hizo entender que no debía volver a vulnerar los estrictos protocolos de su padre con esas solicitudes.
Stalin se negó a rescatar a Jacob, el hermano de Svetlana prisionero de los nazis

Cuando Nadezhda Allilúyeva se casó con Stalin este ya tenía un hijo, Jacob, el hermano mayor de Svetlana. Jacob era el hijo del primer matrimonio con Ekaterina Svanidze, había crecido lejos de su padre y era tratado con dureza por este. Se formó como ingeniero y se unió al Ejército Rojo como oficial de artillería. Durante la Segunda Guerra Mundial, Jacob fue apresado por las fuerzas alemanas durante la invasión a la Unión Soviética en la batalla de Smolensk. La intención de los alemanes era intercambiarlo por otro oficial alemán, el Mariscal de Campo Friedrich Paulus.
Stalin rehusó el intercambio alegando que no podía sentar el precedente de cambiar a un Mariscal de Campo por un simple teniente. Esta estricta decisión de Estado quedó grabada en la memoria de Svetlana cuando él mismo le confesó: «Después de Stalingrado, en el invierno de 1943-1944, mi padre me dijo de repente: “Quieren intercambiar a Yasha por uno de los suyos. ¡Quieren que haga un trato con ellos! No lo haré. La guerra es la guerra”». Tales palabras sellaron la condena de su propio hijo, quien permaneció prisionero hasta su muerte en cautiverio en 1943. Tras este hecho, Svetlana quizás comprendió que la rectitud de su padre estaba subordinada a la lógica de la guerra total y su sistema de gobierno. No obstante, aún no había visto lo que aquella misma maquinaria sería capaz de hacer contra ella misma.
Los amores prohibidos y matrimonios fallidos de la hija de Stalin

Svetlana pudo conocer con mayor contundencia la crueldad de su padre cuando se enamoró por primera vez cuando tenía 16 años. Su amor, Aleksei Kapler, era un hombre que la superaba 22 años en edad, judío y cineasta. Stalin desaprobó la relación y se enojó tanto que condenó a Kapler a 5 años de exilio en 1943 en la ciudad de Vorkuta, y posteriormente a 5 años en campos de trabajo en la ciudad de Inta. Este sería el inicio de una larga lista de amores y desamores, matrimonios, divorcios y el continuo rechazo de su padre.
Se casó por primera vez en 1944 apenas cumplió los 18 años. Se casó con Grigory Morozov, un joven judío que Stalin también rechazó y se negó a conocer. La pareja tuvo un hijo al que llamaron Joseph, en honor a Stalin, pero esto no logró ablandar su corazón. La pareja se divorció en 1947 y con rapidez Svetlana procedió a contraer matrimonio, en 1949, con Yuri Zhdanov, el hijo del mano derecha de Stalin, Andréi Zhdánov. Esta relación sí fue aprobada por Stalin y dio como fruto una hija, Yekaterina, tras su nacimiento la pareja se separó.
Stalin falleció en 1953, pero su sombra nunca dejó de perseguir a Svetlana, quien contrajo un nuevo matrimonio en 1962, esta vez el esposo fue Iván Svanidze, sobrino de la primera esposa de Stalin. Su matrimonio dio mucho que hablar ya que se casaron por la Iglesia, pero la unión solo duró un año. En 1963 Svetlana conoció a Brajesh Singh, un político comunista indio que estaba de visita en Moscú. El partido comunista no permitió su unión porque sabían que si concedían el matrimonio Svetlana podría salir del país como su esposa. Así que permanecieron en concubinato. Lamentablemente la salud de Brajesh siempre fue débil, de hecho, se conocieron en un hospital mientras ambos estaban internados. Desafortunadamente, el clima ruso agravó aún más su condición, por lo que enfermó gravemente y falleció en 1966.
Svetlana rogó al Kremlin que la dejaran llevar los restos fúnebres de Brajesh a la India. Extrañamente su solicitud fue aceptada y ella viajó el 20 de diciembre de 1966. La orden era volver de inmediato al expirar su visa, pero una vez fuera de la Unión Soviética, Svetlana cambió sus planes.
La hija de Stalin deserta a Estados Unidos y deja atrás a sus hijos

Una vez en la India y tras culminar sus deberes con los restos de Brajesh, Svetlana buscó asilarse en ese país, pero fue rechazada y se le exigió volver a su país, en parte por el temor a las represalias que pudiera generar dicho acto. Pero Svetlana no se daría por vencida. El 6 de marzo de 1967 acudió a la embajada de Estados Unidos para tramitar asilo político ante el embajador Chester Bowles. Este inicialmente dijo que la ayudaría a llegar a Roma mientras Estados Unidos le daba una respuesta. Dicha respuesta no llegó y Svetlana recibió el asilo por parte del embajador. Viajó a Roma, luego a Suiza y finalmente llegó a Estados Unidos como desertora de la Unión Soviética, dejando atrás a sus dos hijos, Joseph, de 21 años, y Yekaterina, de 16. Esta separación se volvería eterna pues sus hijos se negaron a volver a tratar con ella.
Svetlana llegó a Estados Unidos en abril de 1967, permaneció bajo la custodia del Servicio Secreto y posteriormente se estableció en Princeton, Nueva Jersey. Allí dio conferencias, escribió y publicó un libro que la hizo volverse millonaria. Su libro “Veinte cartas a un amigo” reunía parte de su vida bajo el régimen comunista.
Poco tiempo después de su llegada a Estados Unidos fue invitada a la comuna creada por el arquitecto Frank Lloyd Wright. Allí conoció a Wes Peters y al poco tiempo se casó con él. Este sería su último esposo, con quien tuvo a su hija estadounidense Olga. La unión fue efímera, Svetlana gastó su fortuna en pagar las deudas de su esposo, sostener la comuna y mantener un estilo de vida cómodo. Se divorciaron en 1973. Svetlana se marchó con su hija y se nacionalizó ciudadana estadounidense en 1978, adoptando Lana Peters como nuevo nombre. Sin embargo, la vida posterior al divorcio no fue cómoda. Svetlana estaba sin dinero, angustiada, con una hija y tomó la decisión que consideró mejor, regresar a la Unión Soviética.
El regreso de Svetlana a la Unión Soviética y su uso como propaganda

Svetlana retornó a la Unión Soviética en 1984 y solicitó su ciudadanía para ella y Olga, las cuales le fueron concedidas. Pero su retorno no sería pacífico. En lugar de reencontrarse con sus hijos como esperaba, Svetlana fue utilizada como estandarte político del régimen comunista que se encontraba, paradójicamente, reconfigurando la imagen histórica de Stalin.
Tras dos años de ansiedad, sin lograr conocer a sus nietos, y siendo tratada como traidora por sus hijos, Svetlana decidió regresar a Estados Unidos en 1986.
La segunda huida de la hija de Stalin a Estados Unidos

Volver a la Unión Soviética implicó someterse nuevamente a las directrices del Kremlin y del partido comunista. Sin familia, amigos y sola con su hija Olga, Svetlana escapó de nuevo. Se instaló en Wisconsin, Estados Unidos, y allí vivió hasta su muerte a los 85 años, pasando desapercibida, lejos de las cámaras, las entrevistas y la riqueza monetaria.
Su existencia fue una búsqueda constante de amor, aceptación, consuelo y fe. A lo largo de su vida pasó también por diferentes religiones. A pesar de haberse bautizado de adulta en la Iglesia Ortodoxa Rusa en 1962, su recorrido de vida y de búsqueda del consuelo que no encontró nunca en los amores humanos, la llevó de la tradición ortodoxa al catolicismo, convirtiéndose en 1982.
Por qué Svetlana renunció al apellido de Stalin

Svetlana adoptó el apellido materno Alliluyeva en 1957, como una forma de marcar distancia de su difunto padre. Lo hizo porque consideraba su apellido como una carga pesada. Lamentablemente, el cambio de apellido no fue suficiente. El peso de ser la hija de Stalin la perseguiría hasta sus últimos días, aun cuando legalmente fuese conocida con el nombre de Lana Peters en Estados Unidos.
Conclusión: la libertad que la hija de Stalin solo pudo dejarle a su hija
La vida de Svetlana estuvo perseguida siempre por el dolor y el desamor, la soledad y la ansiedad. De su padre, en lugar de amor recibió control y dominio. De sus esposos, recibió desamor y soledad. Se apartó de sus hijos en su intento por conquistar la libertad, pero esa misma libertad terminó convirtiéndose en su castigo. Al final, solo le quedó su hija Olga, quien estuvo a su lado hasta sus últimos días.
Olga, como ciudadana estadounidense, ha hecho todo lo posible por vivir como su madre no pudo, distanciada totalmente del apellido materno, al punto de cambiar su nombre a Chrese Evans, forjarse un estilo de vida propio, con sus propias creencias y viviendo libremente sus propias elecciones. Lo que Svetlana no logró conquistar para sí misma, sí logró, al menos, conseguirlo para la menor de sus hijas: la libertad.
