Las intervenciones quirúrgicas a principios del siglo XIX se desarrollaban en condiciones sumamente difíciles, que hoy en día resultan inconcebibles. El paciente era sometido a operaciones sin ningún alivio eficaz para el dolor.
La falta de anestesia obligaba a los ayudantes a inmovilizar al paciente sobre la mesa de operaciones mientras este gritaba y suplicaba, para que el cirujano pudiera realizar su tarea con la mayor eficacia posible. De esta manera, la velocidad se convirtió en un elemento fundamental y la aliada principal del paciente a la hora de soportar cada corte y cada movimiento del cirujano.
¿Cómo es posible que, cuando por fin apareció una sustancia capaz de eliminar el dolor, muchos médicos se negaran a usarla e incluso la llamaran obra del diablo? ¿Y por qué un invento que acababa con los gritos en el quirófano terminó prohibido durante años en varios hospitales?
Los primeros intentos de anestesia en la Antigüedad

Ante la exposición constante al dolor durante las intervenciones quirúrgicas de la época, la práctica médica se centró en la búsqueda de sustancias capaces de calmar el sufrimiento.
En el año 200 d. C., el médico chino Hua Tuo elaboró una mezcla a base de vino y polvos herbales con el propósito de adormecer a los enfermos. Siglos más tarde, el cirujano Ibn al-Quff (siglo XIII) documentó el uso de esponjas empapadas en cannabis, opio y mandrágora para que los pacientes inhalaran sus vapores. Asimismo, en Japón, durante el año 1804, el cirujano Seishū Hanaoka logró extirpar con éxito un tumor de mama utilizando como anestésico una fórmula compuesta por hierbas medicinales.
Gas de la risa, éter y cloroformo: los primeros anestésicos quirúrgicos

Entre finales del siglo XVIII y la primera mitad del XIX, la química puso sobre la mesa tres sustancias que transformaron la medicina para siempre: el óxido nitroso, el éter y el cloroformo.
Las primeras pruebas con el óxido nitroso (el conocido «gas de la risa») comenzaron en 1799 de la mano del químico inglés Humphry Davy. Tras probarlo en sí mismo, Davy sugirió que podía servir para calmar el dolor en las operaciones. Sin embargo, la medicina tardó décadas en tomarlo en serio, sobre todo por la desconfianza de los médicos y porque al principio se utilizaban dosis demasiado bajas.
Por otra parte, el éter ganó popularidad a principios del siglo XIX mediante su consumo en reuniones recreativas de inhalación. Hacia octubre de 1846, un dentista estadounidense administró éter para inducir la pérdida de conciencia en un paciente mientras un cirujano extirpaba un tumor en su cuello.
Poco tiempo después, el cirujano Robert Liston aplicó este método en la amputación de una pierna, tras lo cual el paciente despertó a los pocos minutos manifestando sorpresa y preguntando cuándo comenzaría la operación.
Como el éter tenía sus complicaciones, en 1847 el obstetra escocés James Simpson empezó a probar el cloroformo como alternativa, aplicándolo incluso para aliviar los dolores de parto. El compuesto se volvió un éxito inmediato porque actuaba con gran rapidez, aunque tiempo después se descubrió que era tóxico y potencialmente cancerígeno.
Los riesgos de la anestesia en sus inicios

Hacia finales del siglo XIX, las investigaciones químicas permitieron desarrollar anestésicos mucho más seguros y estables, lo cual hizo posibles intervenciones quirúrgicas complejas que antes resultaban impensables debido al sufrimiento del paciente. Gracias a estos logros, la urgencia de operar con extrema rapidez por pura desesperación quedó atrás, y el quirófano evolucionó hacia una experiencia controlada y segura.
En sus etapas iniciales, la anestesia enfrentó riesgos considerables. Al no comprenderse con precisión su funcionamiento ni las dosis adecuadas, muchos pacientes sufrieron sobredosis o efectos colaterales severos. Además, los prejuicios sociales y religiosos de la época limitaron de forma drástica su implementación en varios hospitales y, al mismo tiempo, se llevaron a cabo cirugías experimentales sin anestesia en mujeres negras esclavizadas. Esta oposición ocurrió a pesar de los importantes hitos de la época, como la temprana adopción del éter por parte del doctor Thomas Dent Mütter, quien se convirtió en uno de los primeros cirujanos de Filadelfia en incorporarlo a su práctica quirúrgica.
Thomas Dent Mütter: el cirujano que operaba contra el dolor

El Dr. Thomas Dent Mütter fue un destacado cirujano plástico estadounidense anterior a la Guerra Civil. Dedicó gran parte de su carrera a intentar aliviar el sufrimiento de sus pacientes mediante métodos rigurosos previos a la llegada de la anestesia. Para ello, pasaba días enteros masajeando las extremidades o los rostros de quienes iba a operar con el fin de desensibilizarlos al tacto de sus manos y de los instrumentos antes de utilizar el bisturí. Además, practicaba para usar ambas manos con la misma habilidad y operar al doble de velocidad, reduciendo al mínimo el sufrimiento del paciente en el quirófano.
Cuando se difundió la noticia del éxito del éter, Mütter fue uno de los primeros en adoptarlo y realizó la primera intervención con anestesia en Filadelfia apenas un mes después de que se llevara a cabo en Boston. No obstante, el camino de este nuevo fármaco no representó un triunfo inmediato, ya que terminó siendo prohibido en varios hospitales de la zona durante años.
¿Por qué los médicos rechazaron la anestesia en las cirugías?

Aunque hoy en día el uso de la anestesia médica es indispensable para las prácticas quirúrgicas, las creencias de los médicos del siglo XIX dificultaron su implementación de manera inmediata a pesar de los avances obtenidos.
Por un lado, la pérdida de comunicación entre el paciente y el cirujano a la hora de la operación ocasionó un cambio radical e incómodo en una sociedad acostumbrada a esa interacción. Además, por la falta de control en las dosis suministradas de éter, a veces el medicamento resultaba demasiado débil y el paciente despertaba a mitad de la cirugía, mientras que en otras ocasiones la administración derivaba en una sobredosis letal.
Por otra parte, la ausencia de la teoría germinal y el desconocimiento de la importancia de la higiene y la esterilización provocaban que las infecciones posteriores produjeran una mortandad superior, incluso cuando se suministraban dosis de anestesia para lograr una cirugía más controlada. Así, la comunidad médica se dividió profundamente. Mientras unos adoptaban el nuevo recurso, otros lo atacaban, llegando a calificarlo de influencia satánica y contrario a la voluntad divina.
Cómo la anestesia y la higiene crearon la cirugía moderna

Uno de los pilares fundamentales para el avance de la medicina moderna fue la llegada de la teoría germinal, que introdujo la esterilización de los quirófanos, los instrumentos y las manos de los profesionales, logrando un control sobre la mortalidad de los pacientes en dichas prácticas.
Además, las regulaciones gubernamentales sobre los medicamentos aportaron la seguridad necesaria para que los médicos confiaran en las dosis aplicadas.
Finalmente, con el paso del tiempo, las oposiciones basadas en prejuicios sociales y religiosos desaparecieron y permitieron que la nueva tecnología fuera aceptada sin resistencia.
