¿Pudieron los antiguos egipcios haber cruzado el océano hasta América? ¿Y si llegaron miles de años antes que Colón? En 1909 se publicó en un diario estadounidense una noticia que aseguraba que, en las cuevas del Gran Cañón, una expedición del Smithsonian había encontrado momias, jeroglíficos y estatuas que probaban que los antiguos egipcios habían vivido allí.
La noticia captó la atención pública con la misma rapidez con la que fue olvidada; sin embargo, hoy, más de un siglo después, ha vuelto a inundar las redes sociales como si fuera un hallazgo reciente, como si el gobierno lo hubiera mantenido oculto por generaciones.
¿De dónde surge la historia de los egipcios en el Gran Cañón?

La teoría sobre el descubrimiento de un extenso sistema de cuevas llenas de tesoros, momias, urnas y otras piezas propias de las culturas egipcia y oriental en el Gran Cañón nació de la publicación de un artículo en el diario Arizona Gazette el 5 de abril de 1909. El texto, presentado bajo un seudónimo, se estructuró como la supuesta revelación de una investigación exhaustiva que enlazaba a América directamente con Egipto y Asia.
Según la nota de prensa, los investigadores G.E. Kincaid y S.A. Jordan encontraron un laberinto de túneles dentro de cuevas situadas bajo las rocosas mesetas del cañón. En dichas cavernas se hallaron artefactos de origen egipcio e hindú, como imágenes de Buda y de otras deidades, jeroglíficos, estatuas, herramientas, urnas y demás objetos relacionados con dichas culturas.
Para los supuestos investigadores, estos hallazgos debían ser estudiados a profundidad y relacionados con la información que pudiera aparecer en las tablillas de escritura grabadas con jeroglíficos, con el fin de confirmar el vínculo histórico entre Egipto y Arizona.
Los falsos investigadores del Smithsonian que descubrieron las cuevas egipcias

El problema fundamental con la historia publicada en el Arizona Gazette radica en su completa falsedad, al igual que los nombres de los supuestos investigadores a quienes incluso se les relacionó con el Instituto Smithsoniano. En la práctica, los perfiles arqueológicos de Kincaid y Jordan no existieron, a pesar de que el artículo aseguraba que ambos formaban parte de la prestigiosa institución y que el mismo instituto era el responsable exclusivo del financiamiento de la expedición.
De hecho, cuando la historia resurgió décadas después, la propia institución Smithsonian tuvo que desmentirla formalmente. Además, un portavoz de la entidad aseguró que dichos científicos no tenían ningún tipo de relación con ella, que nunca participaron en sus excavaciones y que tampoco se han encontrado artefactos egipcios en ningún lugar del continente americano.
¿Oculta el gobierno las cuevas del Gran Cañón? Lo que hay detrás de las restricciones

La existencia en el Gran Cañón de cuevas y regiones inaccesibles para personas sin preparación no confirma la existencia de cavernas llenas de artefactos egipcios, ni tampoco es una garantía de que el gobierno oculte algo. La inaccesibilidad de las cuevas, que muchos amantes de las teorías conspirativas quieren hacer ver como la estrategia del gobierno para ocultar información, obedece más a la dinámica propia de los accidentes geográficos de la región que a una supuesta maniobra de encubrimiento.
De por sí, el territorio del Gran Cañón es rocoso, árido y sumamente difícil de transitar. Los investigadores que lo han surcado saben que es un entorno profundamente hostil. Y por ello se han establecido normas y leyes de seguridad y conservación, tanto para la naturaleza como para quienes intentan adentrarse en él.
En el lugar hay minas abandonadas y zonas de ríos peligrosos. Además, perderse dentro de una de sus cuevas de oscuridad perpetua constituye un riesgo mortal, y mucho más si se tiene que armar una expedición de rescate.
Así que la restricción de acceso a visitantes ocasionales para un territorio de por sí inaccesible es tanto una garantía de seguridad como una norma impuesta por el mismo territorio, antes que una confirmación de una teoría conspiratoria.
El Gran Cañón y sus primeros habitantes: ¿tribus nativas o civilizaciones extranjeras?

Las cuevas que el artículo del Arizona Gazette menciona en el Gran Cañón no existen. Quienes están a cargo de la custodia del parque han negado su existencia y además sostienen que instalar sobre la historia del parque una teoría sobre una civilización no autóctona roba y borra la verdadera historia de quienes sí vivieron por siglos en el Gran Cañón: las 11 tribus de nativos americanos que habitaron allí y mantuvieron una relación intrínseca con sus recursos y sus tierras.
Si hubiese existido una civilización extranjera que habitase en la región, ¿acaso no habría quedado un vestigio de su paso en la memoria histórica de los nativos americanos? Sin embargo, ninguna tribu posee un relato que aluda a estos supuestos egipcios. Tampoco existe referencia alguna a ellos en sus petroglifos, pictografías o tradiciones orales.
Templo de Isis y Templo de Horus: la única conexión real entre el Gran Cañón y Egipto

La única conexión real que el Gran Cañón tiene con Egipto es la nomenclatura de algunos de sus accidentes geográficos, los cuales fueron bautizados en honor a deidades egipcias, como el Templo de Isis y el Templo de Horus. No obstante, estos nombres fueron otorgados en su mayoría por Clarence Dutton, un geólogo que en 1882 realizó un estudio detallado de la región.
Dutton bautizó los distintos picos, promontorios y mesetas con nombres de deidades provenientes de diversos panteones, no solo egipcios, pues consideraba que su geografía era tan impresionante y majestuosa que merecía reflejar a todas las culturas del mundo, junto con sus mitologías y religiones.
¿Un fraude periodístico de 1909 que sigue engañando hoy?
Un mentiroso compulsivo o escritor de ficción empedernido parece estar detrás de toda la historia falsa sobre las cuevas egipcias del Gran Cañón. La autoría y el estilo apuntan a la tradición de los hoaxers como Joe Mulhattan, un estadounidense que se hizo famoso por recorrer diversas redacciones de prensa de Estados Unidos ofreciendo historias tan fantásticas como inverosímiles, aunque sumamente bien narradas, lo que hizo caer en el engaño hasta a los mejores periodistas.
Incluso hubo quienes, más que limitarse a publicarlas, asumieron la misión de acudir a investigarlas in situ, solo para descubrir que se trataba de relatos completamente falsos o, a lo sumo, de ficciones muy bien elaboradas y comercializadas.
