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    10 mentiras de la guerra Cristera en México que te hicieron creer

    By María Luisa Angaritaseptiembre 15, 2026Updated:septiembre 16, 2026 México No hay comentarios
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    El 31 de julio de 1926 se cerraron todas las iglesias en México por las acciones del presidente Plutarco Elías Calles y su ley Calles, se volvería a abrir hasta el 27 de junio de 1929.

    Entre 1926 y 1929 se llevó a cabo en México una de las guerras más nefastas de su historia, que acabó con la vida de entre 70.000 y 250.000 personas. ¿La razón? La aplicación estricta de los artículos anticlericales de la Constitución de 1917 y de la llamada Ley Calles, un conjunto de disposiciones que restringieron severamente la libertad de culto y convirtieron en delito la práctica pública de la fe.

    Bajo decreto y con facultades extraordinarias, el gobierno de Plutarco Elías Calles impuso estas medidas sin pasar por el Congreso, buscando someter a la Iglesia Católica a un control absoluto. Para una feligresía que ya venía siendo golpeada por administraciones anteriores, esto fue la gota que derramó el vaso. La población católica tomó las riendas del asunto, incluso contra las disposiciones de sus obispos, se organizó con rapidez para la rebelión. La misión era recuperar la libertad de culto o morir como mártires, un camino que los llevaría directo al cielo.

    Este 31 de julio del 2026 se cumplieron 100 años de la Ley Calles, y alrededor de la guerra cristera siguen circulando mitos que casi todos hemos escuchado. Estos son los más repetidos y lo que realmente pasó.

    1. La guerra cristera fue una rebelión de curas y hacendados

    La guerra cristera no fue organizada ni dirigida por sacerdotes católicos ni por hacendados o familias de altos recursos. Fue una reacción del laicado general compuesto por feligreses comunes, en su mayoría campesinos y pobladores rurales, que se levantaron contra las restricciones impuestas por el gobierno de Calles. La Ley Calles reducía al mínimo los derechos de libertad de culto en nombre de una separación iglesia‑Estado extrema, pero contradictoria, pues el gobierno buscaba mantener el mayor control posible sobre las acciones de la Iglesia.

    La normativa prohibía la creación de escuelas católicas, las órdenes religiosas, el uso de hábitos y las reuniones de culto público fuera de los templos, además de imponer la nacionalización efectiva de todos los bienes eclesiásticos.

    Ante esta situación, grupos de feligreses comenzaron a idear formas de detener la aplicación de la ley. Al no encontrar mediación ni apertura por parte del gobierno, concluyeron que la única opción era una respuesta armada. Así se formó una fuerza militar integrada casi exclusivamente por campesinos y algunos militares de carrera convocados por fe, afinidad política o pago. Tal fue el caso del General en Jefe Enrique Gorostieta Velarde, contratado por la Liga Nacional Defensora de la Libertad Religiosa a cambio de 3.000 pesos oro mensuales y un seguro de vida de 50.000 pesos oro.

    Los civiles campesinos que integraron las guerrillas no recibieron remuneración alguna: lucharon únicamente movidos por su fe y convicción.

    2. Plutarco Elías Calles solo aplicaba la ley

    El 31 de julio de 2026 se cumplieron 100 años de la Ley Calles. La ley se propuso y ejecutó como una reforma al código penal, y expresaba textualmente lo siguiente: “Ley que reforma el Código Penal para el Distrito y territorios Federales sobre delitos del fuero común y delitos contra la federación en materia de culto público y disciplina externa”. Es decir, todo aquel que profesase de manera pública su fe estaba cometiendo un delito que se pagaba con cárcel.

    Calles no solo aplicó la Ley, fue el autor intelectual y ejecutor material de la modificación y de la entrada en vigor de esta. La ley, debía discutirse y aprobarse por el Congreso de la Unión, mas no fue presentada ante este; sino que el presidente obtuvo de las Cámaras un otorgamiento especial que le facultaba de poderes extraordinarios para así, él mismo, proclamar dicha ley. Es decir, que se proclamó mediante decreto presidencial y con facultades extraordinarias, y no como una ley votada por el Congreso.

    El mismo día que entró en vigor la Ley Calles, el 31 de julio de 1926 los obispos mexicanos, previa autorización del Vaticano, suspendieron el culto público; los templos quedaron abiertos bajo el cuidado de juntas de vecinos, pero sin sacerdotes, marcando el inicio formal del conflicto.

    3. Los católicos empezaron la guerra cristera

    Mucho antes de iniciar la lucha armada fieles católicos pertenecientes a grupos como la Liga Nacional Defensora de la Libertad Religiosa, la cual a su vez estaba formada por miembros de otros grupos católicos, comenzaron a idear formas de detener la aplicación de esta Ley.Inicialmente se realizó una colecta cercana a los dos millones de firmas para solicitar una reforma constitucional. Pero al presentar la solicitud ante el Estado fue rechazada.

    Posteriormente se organizó y ejecutó un boicot nacional a las actividades comerciales. Los fieles dejaron de usar sus autos para no pagar gasolina, dejaron de comprar productos comercializados por el Estado y tampoco compraron billetes de la lotería nacional.  Esto redujo los ingresos del Estado y afectó sectores específicos de la economía nacional, al mismo tiempo que permitió la radicalización de los grupos católicos opositores.

    Al fracasar los intentos de mediación y protestas pacíficas, la Liga suspendió la campaña pacífica y anunció un levantamiento nacional como respuesta inevitable ante la cerrazón del gobierno.

    4. Las mujeres católicas solo rezaban durante la guerra cristera no combatieron

    Durante la guerra cristera las mujeres se organizaron para contribuir con la lucha. Al inicio buscaban mantener la enseñanza católica y las reuniones de oración dentro de las parroquias cerradas. Luego al notar que no era suficiente fueron más allá. La Unión de Damas Católicas Mexicanas difundió propaganda política, continuaron apoyando y promoviendo la enseñanza religiosa y crearon redes clandestinas para la celebración de la Eucaristía. Al mismo tiempo, se comenzó a formar un grupo conocido como Brigadas Femeninas de Santa Juana de Arco en Jalisco, Guadalajara. Este grupo que inició apenas con 17 mujeres pronto ascendió a 100 y en dos años sumó más de 25.000 integrantes distribuidas en células organizadas a lo largo de todo México.

    Las Brigadistas trabajaban proporcionando dinero, alimentos, medicinas, municiones y hasta armas a los soldados. También realizaban tareas de espionaje. Gracias a su condición de mujeres, lograron pasar desapercibidas durante al menos dos años, y tras ser descubiertas se mantuvieron firmes en sus votos realizados ante el  Crucifijo de no delatar jamás a sus compañeras ni a sus líderes, incluso bajo amenaza de muerte.

    5. Al padre Pro, sacerdote jesuita, lo fusilaron tras un juicio justo

    El sacerdote José Pro Juárez, conocido como el padre Pro fue fusilado por orden del presidente Calles el 23 de noviembre de 1927 en un acto público al cual se invitó a la prensa nacional para que tomase fotografías del fusilamiento. Este asesinato, junto al de otros tres prisioneros se realizó sin juicio previo y sin proceso legal alguno que sustentara la acusación.

    El padre Pro había sido acusado previamente del intento de homicidio del entonces candidato presidencial Álvaro Obregón. El padre Pro, junto a otros tres hombres que también fueron fusilados ese día, formaban parte de la Liga Nacional de Defensa de la Libertad Religiosa, era un jesuita y había estado activo durante la guerra cristera pero no desde las armas sino proveyendo los sacramentos de manera clandestina a los feligreses en sus casas.

    Antes de su ejecución, el padre Pro abrió los brazos como imitación de Cristo en la Cruz, exclamó “Viva Cristo Rey” y fue baleado. Las fotografías fueron publicadas en la prensa nacional y recorrieron con rapidez los hogares católicos, exhibiendo la crudeza del acto y amplificando la gravedad del conflicto.

    6. El ejército federal solo combatía cristeros armados, no a civiles

    El ejército federal en su lucha contra los cristeros no enfrentó solo a los guerrilleros, también atacó y masacró a los civiles no armados. Su dinámica era siempre similar, ingresaban a los pueblos, saqueaban las casas bajo pretexto de buscar a los guerrilleros, extraían a sus residentes y los “reconcentraban” en zonas controladas por el ejército, donde quedaban expuestos a abusos sistemáticos. 

    Los torturaban, quemaban sus cosechas y ganado, todo con el fin de obtener información sobre la ubicación de los rebeldes. Así lo documentan historiadores como González Morfín y Miguel Romero de Solís, quienes señalan que estas prácticas fueron parte estructural de la estrategia militar.

    7. Los arreglos de 1929 con la Iglesia católica trajeron la paz

    El 21 de junio de 1929 el presidente interino Emilio Portes Gil, tras la insistencia de mediación de Estados Unidos y el Vaticano, firmó un acuerdo con la Iglesia Católica conocido como “Los Arreglos”. El acuerdo establecía una especie de tregua o pacto donde la Iglesia accedía a someterse a la Ley sin que se cambiara la constitución nacional. Asimismo, a cambio de restablecer el culto católico, se anunció una amnistía para todos los guerrilleros que depusieron sus armas. Los soldados cristeros confiaron en el acuerdo y lo hicieron. No obstante, tras su renuncia y entrega de sus armas, fueron perseguidos, emboscados y fusilados.  El ejército federal llegó a asesinar aproximadamente 1500 cristeros, pese a la promesa de amnistía y al compromiso de garantizar su seguridad tras la rendición.

    8. La guerra cristera terminó definitivamente en 1929

    Si bien la guerra cristera culminó en 1929. La paz real no duró mucho. El expresidente Calles entonces erigido como máximo líder de la revolución hizo un llamado en 1934 en Guadalajara a luchar por los jóvenes y salvarlos de las manos del clero, en total apoyo a la educación pública socialista. Esto generó nuevamente dudas y avivó los temores de los católicos, ahora por sus hijos, dando lugar a una segunda tanda de guerra cristera conocida como “la Segunda”, que tuvo lugar entre 1934 y 1938. No obstante, en este segundo periodo de guerra tuvo su mayor auge en 1935 y comenzó a declinar hacia 1938 tras las consecuentes persecuciones y ejecuciones perpetradas contra los cristeros, que fueron debilitando el movimiento.

    9. Casi no hubo persecución real contra los sacerdotes católicos

    Aunque se ha querido hacer ver que los sacerdotes no fueron perseguidos en este período, la realidad es otra. Una muestra directa es la muerte del Padre Pro. Más allá resalta la expulsión del país de todos los sacerdotes extranjeros, la prohibición de llevar sotana y la exigencia de registrarse ante el Estado para recibir autorización para trabajar como sacerdote.

    La Iglesia Católica en general se opuso a este registro bajo objeción de conciencia.  Para 1934, cuando ya se veía iniciar la segunda cristiada, apenas el Estado había autorizado a 334 sacerdotes de los 4500 que la Iglesia tenía antes del conflicto, mientras que los demás se encontraban sin ser reconocidos, fueron perseguidos, apresados o fusilados y, en los mejores casos, expulsados del país bajo medidas de control que buscaban limitar por completo la actividad clerical.

    10. La guerra cristera fue un conflicto menor con pocos muertos

    La guerra cristera tuvo un saldo de víctimas fatales elevado, lo que muestra que no fue un conflicto menor. No todos los fallecidos eran militares o cristeros, la mayor parte de los fallecimientos fueron de personas comunes atrapadas en medio del conflicto.

    Las cifras de víctimas fatales oscilan, según la fuente, entre 70.000 y 250.000. Para el ejército se calculan entre 50.000 y 60.000 bajas y para los cristeros entre 25.000 y 50.000; en las estimaciones más altas, la mayoría de los muertos fueron civiles no combatientes, lo que evidencia la magnitud real del enfrentamiento y desmonta la idea de que se trató de un conflicto menor.

    La guerra cristera, una rebelión católica por la libertad de culto

    La guerra cristera fue una de las guerras civiles con mayor saldo de víctimas de México, particularmente tomando en cuenta que se trataba de civiles armados contra el ejército federal. Civiles que, además, eran feligreses devotos. No se trataba de una guerra por el poder político ni por defender el territorio de fuerzas invasoras extranjeras, sino de católicos devotos que luchaban por mantener su derecho a profesar y vivir su fe en tranquilidad frente a un sistema de gobierno abiertamente anticlerical.

    Lo más resaltante es que estos civiles se armaron y unieron por su cuenta, no fue necesario el reclutamiento; además, lucharon como pudieron bajo la conciencia de morir como mártires si era necesario, sostenidos por una fe que les daba sentido y propósito en medio del conflicto. A la fecha, la Iglesia Católica ha beatificado a 39 mártires de la persecución religiosa de esos años y canonizado a 26 de ellos, en su mayoría sacerdotes que no tomaron las armas.

    Este conflicto también aclara una confusión muy común en la historiografía popular, ya que la Ley Calles no inventó el anticlericalismo del Estado mexicano, que venía desde las Leyes de Reforma y quedó plasmado en la Constitución de 1917. Lo que hizo la administración de Plutarco Elías Calles, mediante facultades extraordinarias, fue llevar esos artículos a un extremo de aplicación inédito, después de décadas en que el Porfiriato los había dejado prácticamente dormidos. Esta distinción es esencial para comprender que la Guerra Cristera no surgió contra la nación mexicana ni contra su institucionalidad, sino contra un gobierno que, excediendo sus atribuciones, convirtió en delito la práctica pública de la fe y provocó una de las mayores movilizaciones civiles de la historia del país.

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