La pandemia más mortífera que la humanidad ha conocido en proporción a su población cobró la vida de entre 25 y 50 millones de personas solo en Europa. En 1346, la peste alcanzó al ejército mongol que sitiaba la ciudad de Kaffa, en Crimea, y de ahí pasó a los comerciantes del lugar. Cuando los genoveses escaparon en sus barcos, la enfermedad viajó con ellos: así cruzó el Mediterráneo y llegó a Europa en 1347.
Razón #1: la peste negra se expandió rápidamente por Europa entre 1346 y 1353?

La peste negra alcanzó su punto máximo de oleadas de contagios entre 1346 y 1353, cuando la Edad Media se encontraba en su fase final y abría el camino a la Edad Moderna. El crecimiento de las ciudades había expandido la población y transformado el modo de vida de los pueblos, quienes tuvieron que adaptarse a las nuevas demandas de consumo y desplazar a grandes contingentes humanos hacia los nacientes centros urbanos.
Mientras las ciudades crecían y el comercio y el inicio de las manufacturas se desarrollaban, el comercio internacional también lo hacía. Los barcos que trasladaban la mercancía comenzaron a hacerse más grandes para transportar una mayor cantidad de productos, personas y, sin quererlo, a los roedores que portaban consigo la enfermedad.
Pero ¿qué causó la enfermedad en sí? La peste bubónica es causada por una bacteria denominada Yersinia pestis, la cual vive en las pulgas de los roedores, en particular en las ratas negras. Se transmite a los humanos a través de mordeduras o picaduras de las pulgas, pero también a través de arañazos o mordeduras de los animales infectados.
Para la época, las ratas negras infectadas con pulgas, también infectadas con Yersinia pestis, fueron el principal vehículo de transmisión de la enfermedad. En particular por su dinámica de movimiento. Estas ratas subían a los barcos y contagiaban a los ocupantes, luego desembarcaron en los siguientes puertos transmitiendo la bacteria a las colonias de roedores del lugar, aumentando así los casos de contagio y expandiendo el radio geográfico de los brotes.
Razón #2: la falta de higiene en las ciudades medievales multiplicó los contagios de peste negra

Aunque se había avanzado en la construcción de grandes navíos, iniciaba la manufactura y las ciudades se expandían, el sistema de manejo de los desechos, el hacinamiento de las familias en hogares poco salubres y el poco o nulo sistema de alcantarillado y de salubridad urbana eran lo que predominaba. Esto facilitó la expansión de la peste, pues los roedores infectados vivían en las casas de familias, se alimentaban de sus alimentos y también de los desechos como excrementos, desperdicios de alimentos, entre otros que se arrojaban directamente a las calles o las orillas de los ríos.
Prácticamente, hubo familias que vivían en situación de insalubridad, ya que la condición de aseo de los hogares no era la mejor. Este fue el ambiente preciso para que las colonias de roedores proliferaran y con ellos su carga de pulgas infectadas con la bacteria Yersinia pestis. Las pulgas saltaban a los humanos con facilidad. Los roedores podían contaminarlo todo en pocos días. Una persona infectada podía contagiar la peste a otros a través del contacto con sus heridas o los fluidos secretados de las lesiones. Además, si las personas tenían la variante neumónica de la enfermedad, podían contagiar por vía aérea a través de las gotas de saliva, lo que aumentó la proliferación de la enfermedad entre familiares que vivían hacinados.
En cuanto a los roedores y sus pulgas, estos propagaban la enfermedad a mayor escala que el contacto directo entre humanos, ya que era prácticamente imposible contener la plaga de roedores y, peor aún, exterminar las pulgas, o siquiera entender su gravedad.
Razón #3: las creencias religiosas impidieron buscar alternativas médicas

Otra de las razones por las cuales la peste negra cobró tantas víctimas fue por la creencia religiosa de la época. Indistintamente del tipo de religión, ya fuese cristiana o musulmana, grandes grupos de creyentes guiados por sus líderes religiosos interpretaron la peste del modo en que era habitual para las creencias de la época: como un castigo enviado por Dios.
A raíz de esto, muchos fieles priorizaron la penitencia y la plegaria sobre cualquier medida sanitaria, confiando el desenlace a la voluntad divina, o incluso de prevenir el contagio, optaban por asumirlo como la “voluntad divina”, mientras realizaban actos penitenciales u ofrecían su sufrimiento a Dios. En otros casos, la enfermedad se atribuía a los cambios astrológicos, por lo que la ayuda médica no era tenida en cuenta.
Razón #4: El conocimiento médico de esos tiempos era muy poco

Los científicos y médicos de la época desconocían por completo la bacteria Yersinia pestis responsable de la enfermedad. De hecho, eaunque Antonie van Leeuwenhoek ya había observado bacterias con sus microscopios en 1676, hubo que esperar a la década de 1860 para que Louis Pasteur demostrara que los microorganismos causan la putrefacción y las infecciones. Posteriormente, sería uno de sus discípulos, Alexandre Yersin, quien descubrió la Yersinia pestis en 1894, mucho tiempo después de la gran pandemia. Pero sería ya entrado el siglo siguiente cuando se descubriría el primer antibiótico eficaz. Así que, al final del medioevo, no existía un tratamiento médico efectivo contra la peste bubónica.
De hecho, los tratamientos que se aplicaban a menudo solo empeoraban la condición de los pacientes; las sangrías, que causaban debilidad y anemia; el drenaje de los bubones, que exponía los fluidos de la infección a quienes la trataban, aumentando el riesgo de contagios; y el consumo de brebajes con hierbas y minerales que no causaban ningún efecto sobre la enfermedad. Las únicas medidas de contención que llegaron a aplicarse fueron el aislamiento y la cuarentena, que ayudaron a reducir los contagios, aunque no ofrecían cura para los enfermos.
El legado de la peste negra y los brotes que siguieron hasta el siglo XVIII
La Peste Negra no solo fue una catástrofe demográfica de rápida propagación, sino un evento que expuso las profundas vulnerabilidades de la sociedad de su tiempo. Si bien su fase más activa fue entre 1346 y 1353, los brotes continuaron por toda Europa y Asia hasta el siglo XVIII, mantenidos por un entorno urbano insalubre y una medicina impotente.
Aunque ciertos médicos y eruditos pudieron entender que los brotes desaparecían en invierno y que la enfermedad se iba atenuando en sucesivas oleadas, su capacidad de respuesta seguía siendo nula. Sin embargo, ante la falta de medicamentos efectivos y terapias paliativas, la sociedad se vio abocada a la impotencia biológica y al fatalismo religioso, dejando que la fe, más que la ciencia, dictara el desenlace de los contagiados.
