Después de veinte años de ausencia, Odiseo volvió a Ítaca disfrazado de mendigo. Nadie lo reconoció. Nadie, excepto un solo ser vivo, y lo que ocurrió en ese instante es una de las escenas más devastadoras jamás pintadas.
En otra de las pinturas que vas a ver hoy hay un cerdo asomando la trompa detrás del trono de una hechicera. No es un detalle decorativo: es uno de los hombres de Odiseo.
La Odisea, el poema atribuido a Homero, narra los diez años que le costó a Odiseo volver a casa después de la guerra de Troya. Un viaje de monstruos, hechiceras, dioses vengativos y tentaciones que ningún hombre debería sobrevivir. Y durante más de dos mil quinientos años, los pintores más grandes de Europa han intentado capturar esas escenas en un lienzo.
Estas son quince de esas obras, dónde puedes verlas hoy, y qué detalle esconde cada una que casi nadie nota.
Número 1. Ulises y sus compañeros luchando contra los Cicones ante la ciudad de Ismaros, de Francesco Primaticcio
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Empezamos con este dibujo hecho por Francesco Primaticcio entre los años 1555 y 1560, estudio preparatorio para un fresco de la Galería de Ulises del castillo de Fontainebleau, en el cual está representado Odiseo con sus compañeros luchando contra los Cicones en la ciudad de Ismaro.
La escena de la pintura tiene lugar al inicio de la aventura de Odiseo y sus hombres, cuando decidieron saquear la ciudad de Ismaro, tierra de los Cicones.
Después del acto, Odiseo quería zarpar de inmediato, pero sus hombres no quisieron escucharlo y siguieron festejando y bebiendo en la ciudad hasta que otros cicones, mucho más fuertes, llegaron en ayuda de sus parientes.
La lucha duró todo el día, hasta que Odiseo y sus compañeros lograron huir, dejando atrás a 72 de sus hombres, seis por cada una de sus doce naves.
El fresco fue destruido cuando la galería se demolió entre 1738 y 1739, así que lo único que sobrevive es este dibujo, conservado en el Museo Metropolitano de Arte de Nueva York.
Número 2. Ulises y las Sirenas, de John William Waterhouse

John William Waterhouse creó en 1891 esta impactante pintura después de haber quedado fascinado por los mitos de la antigua Grecia.
En su cuadro recrea la escena en la que Odiseo se enfrenta a las sirenas y a su canto mortal, después de ordenar a su tripulación que se tapara los oídos con cera, mientras él es atado al mástil del barco para escuchar la melodía sin correr peligro.
Waterhouse representa a las sirenas como horrendas criaturas con cabeza de mujer y cuerpo de ave, siguiendo la tradición artística griega, ya que Homero nunca describe su aspecto físico, solo su canto.
Este cuadro se puede observar en la National Gallery of Victoria, en Melbourne, Australia.
Número 3. Ulises burlándose de Polifemo, de William Turner

Creada en 1829 por Joseph Mallord William Turner, la pintura nos muestra el barco de Odiseo alejándose de la isla del cíclope Polifemo, mientras el monstruo se ve al fondo enfurecido.
Esto ocurre después de que Odiseo cego al cíclope con una estaca afilada para poder huir junto a su tripulación de la isla de Polifemo. Odiseo, vestido de rojo, agita una bandera en forma de burla hacía el cíclope. Desde una distancia segura, por supuesto.
La obra se exhibe de forma permanente en la National Gallery de Londres, a donde llegó a través del legado Turner de 1856, como una de las piezas clave de su colección.
Número 4. Ulises y las Sirenas, de Herbert James Draper

Aquí tenemos otra pintura sobre el encuentro entre Odiseo y las sirenas. En esta ocasión, Draper las representa con una belleza física deslumbrante, muy distinta de las sirenas de la iconografía clásica, representadas como criaturas inquietantes y monstruosas.
Esta elección visual subraya el poder de seducción que el pintor quiso hacer visible en sus figuras, las cuales invaden el barco de Odiseo con una presencia casi hipnótica.
Sin embargo, en el poema de Homero la belleza no es un atributo encantador, sino un riesgo ligado al engaño, representado en el canto de las sirenas como una trampa mortal, y su atractivo —sea físico o sonoro— funciona como un mecanismo para perder al viajero. Draper transforma ese peligro en una imagen seductora, mientras que Homero lo concibe como una amenaza envuelta en apariencia engañosa y fascinante, lo cual refuerza la astucia del héroe como fundamento argumental.
La obra “Ulises y las Sirenas” de Herbert James Draper (1909) se encuentra en la Ferens Art Gallery, en Kingston upon Hull, Reino Unido. Es parte de la colección permanente del museo, que se la compró al pintor en 1910, y ha estado expuesta de forma casi continua desde 1927.
Número 5. Ulises y Polifemo, de Böcklin

En esta pintura de Arnold Böcklin vemos al cíclope Polifemo lanzando una enorme piedra hacia la nave en la que escapa Odiseo. El artista recurre a su característico estilo simbólico y dramático, donde las figuras adquieren una presencia casi escultórica y el paisaje se carga de una atmósfera inquietante.
Böcklin detalla una amenaza más física y contundente que la expuesta por Turner, quien prefería sugerir el peligro mediante efectos lumínicos y un dramatismo atmosférico. En cambio, Böcklin opta por una representación directa del momento crítico, subrayando la tensión muscular del cíclope y el impacto inminente de la roca, lo que refuerza el carácter trágico del mito desde una perspectiva más corpórea y expresiva.
Actualmente, esta obra se encuentra en el Museo de Bellas Artes de Boston, en Estados Unidos.
Número 6. Tiresias se aparece a Ulises durante el sacrificio, de Henry Fuseli

El profeta ciego Tiresias desempeña un papel fundamental en numerosos episodios de la mitología griega, y La Odisea es uno de los más destacados. Conocido por guiar a héroes y reyes cuando necesitan de su sabiduría, Tiresias ofrece esa ayuda al propio Odiseo durante su descenso al Hades, donde el héroe busca orientación para continuar su viaje.
En la pintura de Henry Fuseli, Tiresias aparece como una figura omnisciente y espectral, transmitiendo su profecía a un Odiseo arrodillado ante él, quien sostiene un sacrificio como ofrenda ritual. La escena está construida con el estilo onírico, dramático y perturbador característico de Fuseli: cuerpos alargados, gestos intensificados y una iluminación teatral que acentúa la tensión sobrenatural del encuentro.
Tiresias ocupa el centro de la composición, emergiendo de una visión formada por figuras blancas y fantasmales que simbolizan la naturaleza profética de su mensaje y la frontera entre el mundo de los vivos y el de los muertos. El artista combina elementos del clasicismo con una sensibilidad romántica y visionaria, creando una obra que transmite misterio, inquietud y solemnidad.
La pintura se exhibe en la Kunsthaus Zürich, en Zúrich, Suiza como parte de la colección permanente del museo, dentro del conjunto de obras románticas y visionarias del artista, donde también se conservan varias de sus piezas más emblemáticas de temática mitológica y onírica.
Número 7. Odiseo y Argos, de Briton Rivière

Después de veinte años alejado de su amada Ítaca, Odiseo regresa finalmente a su hogar. Sin embargo, para enfrentarse mejor a sus enemigos, debe aparecer disfrazado de mendigo y con sus facciones disimuladas por Atenea.
Pese a todo esto, solo un ser —su perro Argos— logra reconocerlo. El animal, tan viejo que ya no puede levantarse, mueve la cola al reconocer a su amo.
Odiseo, conmovido por la fidelidad de su perro, no puede corresponder al saludo para no quedar al descubierto. Triste, solo derrama una lágrima y continúa su camino. Argos, cumplida su misión de esperar el regreso de su amo, muere entonces a sus pies.
Se exhibe en la Manchester Art Gallery, en el Reino Unido, donde es una de sus piezas más conocidas y donde Rivière ocupa un lugar destacado por sus representaciones emotivas de animales y escenas literarias.
Número 8. Penélope y los pretendientes, de John William Waterhouse

Mientras Odiseo se encontraba navegando, su esposa Penélope creía firmemente que él seguía con vida y esperaba fielmente su regreso. Pero en la tradición griega de la sucesión del trono, ante la ausencia absoluta del rey, los nobles podían disputar el derecho a ocupar su lugar. Por ello, los pretendientes se instalaron en el palacio, consumían sus bienes y presionaban a Penélope para que eligiera a uno de ellos, intentando legitimar así su futura posición como gobernante de Ítaca.
Esta situación fue representada en la obra de John William Waterhouse, Penélope y los Pretendientes (1912), actualmente conservada en la Galería de Arte de Aberdeen, en el Reino Unido. En la pintura vemos a Penélope sentada frente a su telar, concentrada en su labor y ajena a la insistencia de los hombres que la rodean. Waterhouse acentúa su serenidad y determinación mediante una iluminación suave y un tratamiento delicado de los pliegues del tejido, reforzando la idea de resistencia silenciosa.
A su alrededor aparecen dos mujeres, posiblemente sirvientas que colaboran en el trabajo del telar, mientras por la ventana se abre un paisaje luminoso con edificios blancos que contrasta con la tensión interior de la escena. El estilo característico de Waterhouse —mezcla de clasicismo, simbolismo y sensibilidad prerrafaelita— dota a la composición de una atmósfera contemplativa que subraya la virtud, la paciencia y la inteligencia de Penélope frente a la presión de los pretendientes.
Número 9. Odiseo y Nausícaa, de Pieter Lastman

En esta obra, creada por Pieter Lastman en 1619, Odiseo se encuentra con Nausícaa, la princesa de los feacios, quien ha acudido a orillas del río junto con sus compañeras para lavar sus vestidos.
Ahí, entre los arbustos, se encontraba Odiseo, después del naufragio de la balsa con la que había dejado la isla de Calipso, ya sin nave ni compañeros desde mucho antes.
Esta representación captura el momento de compasión y hospitalidad que marcaría el inicio de la ayuda que Odiseo recibe para regresar a Ítaca.
La obra se conserva y exhibe en la Alte Pinakothek, en Múnich, Alemania. Es parte de la colección de pintura holandesa del siglo XVII, donde Lastman ocupa un lugar destacado como maestro de Rembrandt y por sus composiciones de tema clásico y bíblico.
Número 10. Odiseo en la corte de Alcínoo, de Francisco Hayez

Creada entre 1814 y 1816, esta pintura muestra a Odiseo en la corte del rey Alcínoo, rodeado por los nobles feacios mientras relata las peripecias de su viaje. El héroe aparece con ropajes sobrios y desgastados, un contraste claro frente a la elegancia de la corte, que subraya su condición de náufrago recién llegado.
Hayez combina su sensibilidad romántica con un orden compositivo clásico donde Odiseo ocupa el centro narrativo de la escena, pero no el visual, pues la disposición semicircular de los feacios y la iluminación dirigida refuerzan la solemnidad del momento.
La obra transmite la mezcla de hospitalidad, curiosidad y respeto que caracteriza este episodio, uno de los más apacibles y decisivos del retorno del héroe.
Actualmente, la pintura se exhibe en el Museo Nacional de Capodimonte, en Nápoles, para cuyo palacio fue encargada originalmente.
Número 11. Ulises huyendo de la cueva de Polifemo, de Christoffer Wilhelm Eckersberg

Esta otra representación del cíclope Polifemo no puede faltar por la energía y tensión que transmite. Pintada en 1812 por Christoffer Wilhelm Eckersberg, la obra muestra a Odiseo en el instante decisivo en que está a punto de escapar de la cueva del gigante.
El héroe aparece en una postura contenida, avanzando con cautela hacia la salida, mientras Polifemo —ajeno al plan— se entretiene acariciando una de sus ovejas. Este contraste entre la serenidad distraída del cíclope y la urgencia silenciosa de Odiseo intensifica la escena y subraya la astucia del héroe.
Eckersberg, conocido por su precisión compositiva y su interés por la claridad narrativa, organiza la escena con una iluminación que guía la mirada hacia la apertura de la cueva, reforzando la idea de escape inminente. La obra combina naturalismo y dramatismo contenido, creando una imagen que captura el momento exacto en que la estrategia de Odiseo está a punto de culminar.
Actualmente, esta pintura forma parte de la colección del Princeton University Art Museum, en Estados Unidos.”
Número 12. El regreso de Ulises de Pinturicchio

En esta pintura realizada por Pinturicchio en 1509, durante el Renacimiento italiano, se representa el momento en que Penélope trabaja en su telar mientras rechaza a una multitud de pretendientes, de manera similar a la escena que más tarde retomaría Waterhouse, aunque con la diferencia que al fondo aparece Odiseo, ya de regreso a Ítaca.
La composición combina el gusto renacentista por los colores vivos, los detalles arquitectónicos y la narración simultánea, permitiendo que la escena principal —Penélope tejiendo y resistiendo la presión de los pretendientes— conviva con la aparición del héroe, que se acerca discretamente desde el fondo. Este recurso visual refuerza la idea del retorno esperado y del contraste entre la fidelidad de Penélope y la insistencia de los nobles que buscan ocupar el trono en ausencia del rey.
Originalmente formaba parte de una serie de ocho frescos del palacio de Pandolfo Petrucci en Siena; en el siglo XIX fue trasladada del muro al lienzo y actualmente se conserva en la National Gallery de Londres.
Número 13. Circe ofreciendo la copa a Ulises, de

Seguimos con el óleo de estilo prerrafaelita realizado por John William Waterhouse en 1891, donde vemos a la hechicera Circe ofreciendo una copa a Ulises. Esa copa contiene una poción destinada a transformarlo en cerdo, tal como ya hizo con varios de sus hombres.
En la pintura pueden verse dos de ellos; uno convertido en cerdo a los pies de Circe, a su derecha, y otro asomando su trompa detrás del trono donde ella está sentada. La escena combina el encanto seductor de la hechicera con la amenaza latente de su magia, un contraste típico del estilo narrativo y simbólico de Waterhouse.
Este cuadro se exhibe en la Galería de Arte de Oldham, en Oldham, Reino Unido y es parte de su colección permanente dedicada al arte británico del siglo XIX.
Número 14. Matanza de los pretendientes, de Christoffer Wilhelm Eckersberg

La venganza de Ulises contra los pretendientes de Penélope es una pintura realizada por Christoffer Wilhelm Eckersberg en 1814, donde se representa el clímax violento de La Odisea. Luego de regresar a Ítaca y demostrar su identidad mediante la prueba del arco, Ulises inicia —junto a su hijo Telémaco y algunos sirvientes fieles— la matanza de los pretendientes que habían ocupado su palacio y buscado la mano de Penélope durante su ausencia.
Eckersberg presenta la escena con su característico naturalismo disciplinado, destacando la tensión del momento y la contundencia del castigo. La composición enfatiza la figura de Ulises como ejecutor de la justicia divina y restaurador del orden en Ítaca, en un episodio que marca el cierre dramático de su largo viaje.
Actualmente, esta obra se conserva en la Colección Hirschsprung, en Copenhague.
Número 15. La apoteosis de Homero, de Jean-Auguste-Dominique Ingres

Con La apoteosis de Homero, el recorrido llega a su cierre natural. Después de seguir a Odiseo a través de batallas, viajes, pérdidas y retornos, esta última obra lo sitúa en un plano distinto; ya no como protagonista de un episodio, sino como parte del universo simbólico que Homero legó a la cultura occidental. Ingres no representa al héroe en persona: a los pies de Homero coloca a la Odisea personificada como una mujer con un remo, junto a la Ilíada con su espada, rodeadas de pensadores, poetas y artistas de distintas épocas, recordándonos que el poema trasciende su propia historia y se convierte en un punto de referencia para generaciones enteras.
Así, el capítulo se completa: desde las escenas más íntimas y humanas del héroe —su perro, su hogar, su esposa, sus dudas— hasta su presencia en esta gran celebración del poeta que lo creó. Un cierre que no solo concluye el recorrido iconográfico, sino que también subraya la permanencia del mito y su capacidad de inspirar a lo largo del tiempo.
Esta obra se exhibe en el Museo del Louvre, en París, como parte de su colección de pintura francesa del siglo XIX.
¿Por qué La Odisea nunca ha dejado de pintarse?
A lo largo de estas quince pinturas, queda claro que La Odisea no solo ha sido un pilar de la literatura occidental, sino también una fuente inagotable de inspiración para artistas de distintas épocas.
Cada obra visual amplifica el poema de Homero y traduce en imágenes concretas las escenas y emociones que el poeta ya plantea en su discurso épico. La pintura no introduce nuevas interpretaciones, sino que refuerza y hace visible la tensión heroica, los peligros míticos y los momentos íntimos de reconocimiento, pérdida y retorno que Homero narra.
Por eso, después de recorrer estas imágenes, resulta natural querer volver al texto original. Las obras de Primaticcio, Waterhouse, Turner, Draper, Böcklin, Fuseli, Rivière, Hayez, Eckersberg, Pinturicchio e Ingres nos recuerdan que La Odisea sigue viva porque cada generación encuentra en ella algo propio: aventura, reflexión, emoción, belleza. Y la pintura, al dialogar con la literatura, mantiene ese legado en movimiento.
¿Cuál de todas estas pinturas te impactó más? ¿A poco no dan ganas de leer o ver La Odisea otra vez con sólo mirar algunas de estas obras de arte?
